En la remota provincia de Ratanakiri (22-27/01/2011)   8 comments

Tras un breve periodo en el que, además de tomar temporalmente CAMINOS diferentes (tampoco teníamos demasiadas ganas de escribir, todo sea dicho), retomamos el blog con renovadas energías.

Energías de las que andábamos algo escasos cuando por fin conseguimos llegar a la provincia más septentrional de Camboya: la selvática Ratanakiri.

Avisados del lamentable estado de las carreteras que conducen hacia el norte del país, decidimos viajar durante el día en lugar de por la noche, como venía siendo nuestra costumbre. Hemos de admitir que otros condicionantes externos influyeron en nuestra decisión:

1)    El único bus nocturno que habíamos tomado en Camboya nos dejó tirados en una estación perdida en medio de la nada a las 4:00 de la mañana. La hora prevista de llegada eran las 6:00 am.

2)    Sólo hay un bus que lleva de Phnom Penh a Ratanakiri y es diurno. Jaque mate.

En cualquier caso, viajar durante el día nos permitió admirar un fenómeno que, como los eclipses de luna, sólo se produce una vez cada muchos años: ¡¡nuestro autobús, la carretera y Rafa iban a juego!!

Como íbamos diciendo, tras muchas horas de baches, curvas y no pocos mareos, finalmente llegamos a nuestro destino, el hotel en lo alto de esta colina:

La Lonely Planet cuenta que Ratanakiri destaca por su riqueza natural. Por lo visto, el mejor lugar para admirar dicha riqueza es el cercano Parque Nacional de Virachey.

-“Si contratas excursiones para visitar el parque –continúa diciendo la guía– hazlo directamente con los guardabosques oficiales. Si por el contrario contratas con los hoteles, corres el riesgo de que te lleven a dar un simple paseo por el ralo bosquecillo de alrededor del parque”.

Por algún extraño motivo, asumimos que el estar en lo alto de una montaña le otorgaba cierta credibilidad a nuestro hotel, así que, incautos pardillos de nosotros, contratamos la excursión que nos ofrecieron (quizá fuese que nos dio pereza bajar a buscar guardabosques por ahí: ¿Cómo es un guardabosques? ¿Dónde habita? ¿Cuáles son sus costumbres? Demasiadas preguntas…).

Nuestro grupo de alegres expedicionarios estaba compuesto por Klaus, un alemán hippy de 70 años que había dejado a su mujer en Alemania y se había venido él solo a visitar el sudeste asiático, ______, una madre soltera ecuatoriana de nacionalidad canadiense, y dos tipos sospechosos que se hacían llamar Rafa y Álvaro.

Ya la cosa empezó mal. El primer tramo del camino, hasta un río a 43 km. de distancia, lo tuvimos que hacer en 4 motos, cada una con su respectivo conductor y cargada con bártulos de acampada. Al poco de partir y justo delante de nosotros, una motorista camboyana se metió un leñazo de escándalo contra una rotonda, partiéndose de forma inequívoca, y poco agradable, la tibia y el peroné. A nosotros todavía nos quedaban 40 km. por recorrer. Tranquilizador…

Por el camino comimos polvo como campeones. ¿Hemos mencionado que la tierra en Ratanakiri es roja?

Cuando por fin llegamos al río, nos subieron en esta estrecha barquichuela a motor. Con ella remontamos un afluente del Mekong hasta llegar el poblado desde donde comenzaba la expedición. Observad que Rafa opinaba que para qué lavarse la cara: el rojo-tierra favorece. De hecho nos recuerda a aquellas toallitas exageradamente broceadoras que se pusieron de moda hace unos años. En aquellos tiempos Madrid parecía invadida por las increíbles mujeres de color naranja (aunque no pocos hombres también las usaban).

El pueblo ribereño al que nos llevaron resultó ser muy genuino. La vida era totalmente rural y no costaba darse cuenta de cómo la vida diaria se articulaba totalmente en torno al río: las mercancías y las personas llegaban y partían desde el improvisado puerto, las mujeres lavaban sus cosas, los niños jugaban, los hombres vagueaban dándose un chapuzón…

Nosotros, ya que estábamos, también nos remojamos un poco. El señor con una trenza en la barba es Klaus, el alemán hippy de nuestro grupo de intrépidos boy scouts.

La expedición consistió en un día de marcha a través de lo que debería haber sido la selva y que, sin embargo, transcurrió casi totalmente por terrenos cultivados. Muy bonitos, pero de selva tenían más bien poco.

Más tarde nos adentramos un poco en la espesura, pero había tantos árboles que no nos dejaron ver el bosque…  Finalmente llegamos al cauce de un río y acampamos junto a una cascada. Era temporada seca y la pobre andaba algo poco escasa de potencia, aunque eso no evitó que nos diésemos otro baño junto a ella.

Nos acompañaban dos guías encargados de que no nos perdiéramos por el bosque, así como de montar las hamacas y cocinar. Su repertorio culinario resultó ser algo pobre. Nos pasamos tres días comiendo arroz (mucho) con carne (cuando había suerte) o, la variante para el desayuno, grasientos noodles precocinados.

En la noche que pasamos a orillas de la cascada alguien se sacó de la manga una botella de whisky de arroz artesano. Uno de nuestros guías aprovechó para vernirse arriba y empezó a contar absurdas historias sobre anacondas gigantes casadas con personas o alguna cosa similar. Rafa parecía escucharle con atención.

Al día siguiente levantamos el campamento (es un decir, nuestra aportación se limitó a una queja lastimera sobre lo mal que se duerme en una hamaca) y volvimos al pueblo de partida por otro camino diferente. Al principio la cosa prometía más, la vegetación era algo más frondosa y el guía daba algún que otro machetazo para abrirse paso, pero pronto la espesura dejó paso a las tierras cultivadas y a alguna que otro búfalo que pacía tranquilamente.

Pronto llegamos al pueblo dónde nos dejó la barca el primer día. Allí estuvimos mareando la perdiz hasta que anocheció y nos metimos en la casa donde después pasaríamos la noche:

En el poblado no había electricidad, así que tuvimos que alumbrarnos con velas. Antes de dormir compartimos otro tipo de vino de arroz con la gente de la casa. En este caso era un poco distinto, ya que la costumbre local consistía en beber por turnos de una jarra gigante compartiendo todos la misma pajita. Así desapareció la civilización maya, no digo más…

Al día siguiente nos despertamos y, tras desayunar los consabidos noodles, insípidos e instantáneos, el guía nos llevó a dar una insustancial vuelta por el pueblito.

Después de marearnos arriba y abajo durante un par de horas, nuestro amado guía pretendió que nos parásemos para comer a las 10 de la mañana, ¡tras haber desayunado dos horas antes!

Entre que nos sentíamos un poco estafados porque estábamos perdiendo el tiempo de manera descarada, que no habíamos estado apenas en la selva y que andábamos ya un poco quemados de las estupideces que nos contaba el tipejo, decidimos volver al hostal y montar un poco el pollo.

Al final el tipo del hotel se disculpó y nos ofreció 3 opciones: a) devolvernos parte del dinero que nos había costado la excursión, b) comprar nuestro silencio con cerveza o c) organizarnos otra excursión al día siguiente. De coña. Muy dignamente elegimos la opción a), aunque al final nos lo gastamos en b). Triste pero cierto.

Moraleja del cuento: no hacer caso a los consejos de la Lonely Planet puede conducir a tomar cerveza cuando en realidad lo que quieres es andar. O algo así.

Próximamente, de peligrosos ladrones de móviles en Camboya. O igual la cosa irá ya sobre Laos, ya veremos.

Anuncios

Publicado 22 febrero, 2011 por encualquierotraparte en Camboya

Angkor… what? (17-20/01/2011)   7 comments

Hace no muchas noches, en una conversación de bar cualquiera, salió a relucir el tema de cuáles son, o cuáles deberían ser, las 7 maravillas del mundo moderno.

No sé si lo sabréis, pero en el año 2007 se organizó una votación popular masiva a través de Internet por la que se pretendió decidir qué monumentos debían formar parte de esta selecta lista (al que le interese, que vea este enlace). El resultado fue, cuanto menos, polémico…

Qué curioso… -comentó alguien- ¿No tendrá algo que ver el que haya 1.300.000.000 de chinos con la elección de la Gran Muralla?

– ¡Si, no como los mil millones de indios votando todos a la vez a favor del Taj Mahal! -exclamó otro-.

¡Tooooongo! ¡Tooooongo!

A continuación, la conversación degeneró un poco y cada uno de los contertulios se puso a hacer patria y a defender el monumento que consideró más oportuno (lo sentimos, pero por mucho que algunos se empeñen, la Sirenita de Copenhague no puede compararse con la Torre Eiffel). Nosotros, por supuesto, insistimos en la injusticia que suponía el que la Alhambra de Granada hubiese sido excluida de la lista y figurase únicamente en el puesto número 13. Pero bueno, esa es otra historia.

El caso es que justo después de la Alhambra, en el puesto número 14, figura un lugar que hasta hace no mucho no nos era demasiado familiar… El espectacular templo de Angkor Wat, alma y corazón de Camboya.

Como os vamos a demostrar a continuación, Angkor Wat no se ha colado en la lista por casualidad. Tampoco parece probable que los 14 millones de habitantes que tiene Camboya se pusieran compulsivamente a votar online a favor de sus templos. Algo tendrán, ¿no?…

Angkor es un inmenso y espectacular complejo de 200 Km. cuadrados que, en el siglo XII, constituía el epicentro político, religioso y social del poderoso imperio Khemer, uno de los mayores del sudeste asiático. Para que os hagáis una idea, mientras que en esa época vivían en Angkor más de 1.000.000 personas, la ciudad de Londres apenas contaba con 50.000 habitantes.

Por supuesto, todo eso pasó y de aquella época “únicamente” quedan unas pocas decenas de impresionantes templos, conservados y ocultos en la selva durante siglos. No fue hasta mediados del siglo XIX cuando fueron descubiertos por un explorador francés de cuyo nombre no logro acordarme. Imaginaos la cara del tipo: después de abrirse paso a machetazos a través de la selva, va y se encuentra en medio de la salvaje vegetación con construcciones como éstas. Indiana Jones a su lado, un aficionado.

De todos los templos, el mejor conservado y más famoso es Angkor Wat (el que figura en la polémica lista que mencionamos antes), una gigantesca y majestuosa construcción decorada con relieves de escenas míticas, dioses, batallas y cosas por el estilo. Está rodeado por un foso de 1,5 Km. de largo que haría palidecer a cualquier castillo medieval europeo…

Dentro de Angkor Wat, a la sombra, aprovechamos para descansar un rato de tanto templo, tanta estupa y tanto relieve:

A pesar de todo, no fue Angkor Wat el templo que más nos impresionó. Para nosotros el mejor es Bayon, una especie de montaña construida con grandes bloques de piedra, lleno de intrincadas escaleras, pasadizos secretos y cabezas gigantes esculpidas.

Según parece, en uno de los templos de Angkor se rodó parte de la primera película de Tomb Raider. Eso quiere decir que Angelina Jolie estuvo aquí. Bravo.

Nosotros hicimos un amago de cortometraje para el blog, corriendo de un lado del templo a otro y tarareando la melodía de Indiana Jones y el Templo Maldito. Las generaciones futuras agradecerán que el proyecto finalmente no haya visto la luz.

Angkor es tan grande que no se puede recorrer andando. El primer día alquilamos un tuk – tuk. El conductor venía de serie. Al día siguiente decidimos ir en bici, que es más cool, más saludable y, sobre todo, más barato. Aunque nos topamos con duros obstáculos que tuvimos que superar bici en mano:

Angkor está masificado, es cierto. Aunque eso nos dio la oportunidad de descubrir que los monjes budistas no sólo se dedican a rezar y a vestirse de naranja, sino que también hacen turismo…

No sabemos si Angkor merece entrar en la lista de maravillas del mundo moderno o no. Lo que sí sabemos es que, si alguna vez pasáis por Camboya, no os lo podéis perder. Además, en Siem Reap, el pueblo donde probablemente os quedaréis a dormir si finalmente decidís visitar los templos, existe una mítica calle llamada “Pub Street”.  Desarrollo sostenible, lo llaman…

Próximamente, un trekking selvático (o eso es lo que creíamos) en el norte de Camboya. No os lo perdáis.

Publicado 14 febrero, 2011 por encualquierotraparte en Camboya

Pol Pot y el genocidio camboyano   15 comments

Al pasear por Phnom Penh te invade una sensación extraña. Puede que al principio ni siquiera te enteres, es algo sutil, pero algo le ocurre a la ciudad. No le das mucha importancia, piensas que al turista occidental Asia siempre le choca y le resulta diferente. Demasiadas horas de autobús, piensas, será cuestión de dormir y de acostumbrarse.

Hasta que el dueño de nuestro hostal nos lo mencionó, no nos dimos cuenta. Pero es cierto: apenas se ven personas que hayan pasado la frontera de los 50 años. Tiendas, hoteles, panaderías, restaurantes, policía, monjes, conductores de autobús, barqueros… Nadie. El tiempo parece haberse detenido para los habitantes de la capital camboyana, que parecen vivir en una especie de país de nunca jamás.

La situación se repite a lo largo y ancho del país. A diferencia de lo que sucede en Tailandia, Laos o incluso en Vietnam, los jóvenes parecen ser los únicos dueños de las calles y de la vida pública de Camboya.

¿Qué es lo que ocurre en Camboya?

Para responder a esta pregunta hace falta echar la vista atrás unos cuantos años. En concreto, hasta la época de la mil veces llevada al cine guerra de Vietnam.

No vamos a entrar demasiado en los pormenores de dicha guerra, baste decir que Camboya sufrió en sus propias carnes los bombardeos americanos por su supuesta colaboración con el Vietcong. Simplificando mucho, cuanto mayor era la animadversión que los camboyanos sentían hacia los americanos, mayor era la simpatía que se despertaba hacia un grupo de ideología comunista que se hacía llamar “Khemeres Rojos”. Pol Pot, un iluminado al estilo Stalin o Hitler, era su líder supremo.

En cuanto los estadounidenses se retiraron de Camboya, los Khemeres Rojos no tardaron en ocupar las principales ciudades del país.

Sin embargo, lo que en un principio fue motivo de alegría y una esperanza de paz después de la prolongada guerra, no tardó en convertirse en una pesadilla. Los Khemeres Rojos despreciaban todo lo que oliera a occidental y consideraban a los habitantes de las ciudades como la clase opresora de la que había que deshacerse. El poder radicaba en el pueblo y el pueblo verdadero se encontraba en el campo.

En poco tiempo, los Khemeres Rojos abolieron el dinero, cerraron escuelas y universidades, expulsaron a los diplomáticos y comerciantes extranjeros… Y lo más radical, de la noche a la mañana obligaron a TODA la población urbana a desalojar las ciudades para trabajar en el campo.

Por otro lado, la paranoia inherente a cualquier régimen totalitario condujo a que los opositores del régimen, tanto reales como ficticios, fueran sistemáticamente trasladados a cárceles y a campos de concentración para ser interrogados y torturados hasta la muerte.

La cárcel más famosa se encuentra en la propia Phnom Penh. Se trata de Tuol Sleng, un antiguo colegio cuyo nombre en clave en tiempos del régimen fue S-21. Se sabe con certeza que, de los 20.000 presos que entraron allí, únicamente 7 sobrevivieron. Hoy es un museo del genocidio.

El reglamento de la cárcel, expuesto hoy como parte del museo, es escalofriante:

Las condiciones de vida eran tan duras y la desesperación de los presos era tal, que los pasillos del edificio se forraron con alambre de espino para evitar que los prisioneros se suicidaran tirándose desde los balcones:

Pronto, no sólo los opositores directos del régimen fueron objetivo de los Khemeres Rojos. Extranjeros, médicos, ingenieros, arquitectos, abogados, intelectuales… Uno se convertía en sospechoso por llevar gafas, tener un título universitario o no tener callos en las manos al no trabajar el campo. Todos ellos empezaron a ser “cazados” y asesinados por el régimen.

La aniquilación de los no afines al régimen se intensificó con el tiempo. Cuando los Khemeres Rojos fueron derrocados en 1979, se encontraron numerosos campos de concentración y miles de muertos enterrados en fosas comunes.

Como éste, a 17 km. de Phnom Penh y hoy convertido también en museo:

No sólo mataban adultos. Según nos explicaron, no dudaban en quitar la vida a niños o ancianos. Incluso los recién nacidos, hijos de los “enemigos del régimen”, eran golpeados contra árboles hasta morir:

Como homenaje a los fallecidos, se ha erigido en medio del campo de concentración una pagoda conmemorativa. En ella se pueden encontrar 5.000 cráneos humanos de algunas de las víctimas enterradas en las fosas comunes colindantes.

En los 4 años que duró el régimen khemer se calcula que, de una población inicial de 7,5 millones de personas, 700.000 personas murieron por enfermedades y malnutrición, cerca de 600.000 personas fueron ejecutadas y otras 600.000, simplemente… desaparecieron sin dejar rastro. Esto es, el 25% de la población camboyana fue exterminada entre 1975 y 1979.

Y recordemos, todo esta locura sucedió apenas 35 años atrás. Un puñado de locos persiguiendo un absurdo ideal comunista irrealizable que pretendía devolver Camboya a la prehistoria a través de una ruralización radical de la sociedad. Lo único que consiguieron fue empobrecer y minar el desarrollo del país, destruyendo sus infraestructuras básicas y aniquilando por el camino a una cuarta parte de su población.

Poco a poco el país se va recuperando, pero quizá eso explique por qué apenas se ven personas mayores de 50 años en Camboya…

Pol Pot murió en 1998 sin haber sido ser juzgado. Sin embargo, en la última década, la ONU y el Reino de Camboya han constituido un Tribunal Penal mixto que pretende juzgar a los miembros del régimen que aún siguen con vida.

 

Próximamente, la cosa (más alegre) irá de grandiosos templos en medio de la jungla camboyana.

Publicado 10 febrero, 2011 por encualquierotraparte en Camboya

Koh Chang y Koh Samet: playa, sol… ¿para qué más? (26/01/2010-08/01/2011)   8 comments

Un poco de Bangkok, tallarines, que te exfolie un pez, una visita al río Kwai… Todo genial. Pero claro, no nos íbamos a marchar  de Tailandia sin pasar unos días en algunas de sus famosas islas (aunque volveremos a ellas para bucear dentro de 2 semanas: atentos a los próximos posts).

Mientras Rafa nos esperaba en la ciudad de Kanchanaburi, Mer y yo (Álvaro, si he hecho bien los cálculos) tomamos un barco rumbo a la pequeña isla de Koh Samet, 200 y pico kilómetros al sureste de la capital tailandesa.

Allí nos dedicamos a la holganza más absoluta, viendo atardecer y amanecer en las distintas playas, cenando señoras mariscadas por 4 euros, paseando…

Rafa nos echaba mucho de menos (estoy seguro, aunque no lo admita): es probable que ni siquiera pudiese conciliar el sueño sin nosotros. Así que, claro, tuvimos que abandonar la isla e ir a su encuentro. No estuvimos más que una noche en Koh Samet pero, ya se sabe, lo bueno si breve, buena sombra le cobija.

Esto no viene a cuento, pero estando en la isla decidimos que había que amenizar el blog con juegos variados. Ya puedes empezar a encontrar las 2 diferencias:

Nuestras segundas visitas navideñas, Marina, Gemma y Roger, tampoco quisieron perderse las islas tailandesas. Bangkok muy bonito, qué bien se come, vámonos de compras, ponme otro bucket… Lo que tú quieras, pero dos días después de que aterrizaran en la ciudad ya estábamos montados en este peculiar autobús con destino a Koh Chang.

En tailandés, Koh Chang significa “Isla Elefante”. No creáis que le pusieron ese nombre por casualidad…

Un día de los muchos en los que nuestra actividad vital se estaba limitando a hacer la fotosíntesis en la playa, avistamos a lo lejos lo que parecía ser un hermoso paquidermo retozando en la orilla del mar.

Rafa y Marina no pudieron resistirse, así que se acercaron a ver qué se cocía por ahí y acabaron todos, elefante y personajes, chapoteando todos juntos en amor y compañía. Como podéis comprobar era un bebé elefante: según el cuidador no tendría más de un año.

Tras el ajetreo y las 100.000 fotos de rigor, seguimos a lo nuestro entre la arena y el mar… Eso que tiene Rafa es un libro muy gordo. Unas veces lo usaba para calzar mesas y otras para matar saltamontes.

En primicia, una de las pocas fotos que tenemos Rafa y Álvaro juntos. Muy espontánea, creo que nos pilló debatiendo sobre las nuevas técnicas de coaching para ejecutivos de alto nivel  (o sobre cómo comer sardinas sin atragantarse con las espinas, no recuerdo bien).

Sin embargo, no os creáis que todo lo que hicimos en esta isla fue tomar el sol y bañarnos en el mar. Llegada una determinada hora empezaba a atardecer y a hacer fresco. Había que buscar alternativas. ¿Qué mejor que un garito a orillas del mar donde cenar y tomar unas cervezas?

Aunque pronto le cogimos el gusto al bar y acabamos usándolo también para comer y desayunar. Es lo que tiene que sea más barato comer fuera que ir al súper a hacer la compra… En la foto, un relajado curry con arroz. Su precio: siempre por debajo de nuestro exiguo presupuesto.

Para terminar (por el momento) con las islas tailandesas, ¡más fotos nuestras en la playa!

Bueno, vamos a no ser crueles: mejor terminamos con una típica gasolinera local, que hace mucho que no tocábamos el tema de los cambustibles fósiles. Para hacerte una propia sólo necesitas 3 maderos y un par de docenas de botellas de whisky vacías (las instrucciones detalladas las puedes encontrar en el  capítulo 2.341 de bricomanía).

Briconsejo: recomendamos moderación a la hora de recopilar las botellas necesarias para la obra. Recuerda que dos docenas es un número aproximado y que no es necesario montar tu propia gasolinera de un día para otro.

 

Nuestro recorrido por Tailandia lo dejamos para cuando hayamos regresado allí (el 22 de febrero) y nos hayamos vuelto a ir  (no me acuerdo de la fecha del vuelo, pero es a Indonesia seguro, ¿verdad Rafa? ¿Rafa?).

 

Próximamente, alguna historia sobre Camboya que aún no hemos decidido.

Publicado 5 febrero, 2011 por encualquierotraparte en Tailandia

El puente sobre el río Kwai (29-31/12/2010)   4 comments

13 horas de horrible bus nocturno (ya hablaremos de él cuando toque Laos), han hecho que estamos frescos como lechugas para hablaros de Kanchanaburi y de su peliculero río Kwai.

Después de mucho tiempo seguido en Bangkok, decidimos que ya era hora de visitar otros lugares de Tailandia. Kanchanaburi fue el destino elegido para ello. Rafa hizo una avanzadilla y se plantó allí un día antes para explorar el terreno, mientras Mer y Álvaro vagueaban en las playas de la isla de Koh Samet (próximo post).

Tras unas pocas horas de buses, taxis y más buses, nos volvimos a reunir todos a orillas del río Kwai.

Hace cerca de 60 años, en plena 2ª Guerra Mundial, los japoneses decidieron invadir toda Asia. Para proseguir con su conquista del mundo oriental, necesitaban traer materias primas desde Birmania hasta Japón. Sin embargo, el tráfico marítimo en el Océano Índico se encontraba controlado por los británicos y navegarlo era una misión suicida si tu bandera era blanca con un punto rojo gigante en medio.

¿Solución? Construir en tiempo récord un ferrocarril que uniese Birmania con Tailandia, desde donde se enviarían las mercancías a Japón por unos mares más amistosos con los navíos nipones.

¿Problema? Que entre Tailandia y Birmania hay unas bonitas montañas pobladas de densa jungla y caudalosos ríos.

¿Cómo lo hicieron? Básicamente con montones y montones de esclavos: i) gentes de los países adyacentes a las que engañaban con falsas promesas de trabajo y ii) prisioneros de guerra europeos y estadounidenses.

¿Consecuencia? Construyeron 400 kilómetros de vía férrea en sólo 15 meses, cuando los ingenieros habían previsto un mínimo de 5 años de trabajo muy intenso. Eso sí, a costa de dejarse en el camino unos 300.000 muertos por enfermedades tropicales, hambre y agotamiento.

Y todo este esfuerzo sirvió para bien poco. Nada más entrar en servicio la línea, los americanos la bombardearon y derrotaron a los japoneses, con lo que todo el proyecto quedó en nada.

Años más tarde se rodó una famosa peli sobre la construcción de ese ferrocarril de la muerte: “El Puente sobre el Río Kwai”, un puente traído pieza a pieza desde la isla de Java en Indonesia para acelerar el avance del ferrocarril. Es tan famosa que aún no la hemos visto, aunque a cambio hemos cruzado el río Kwai por el mismísimo puente. Asumimos que debe de ser como haber leído el libro: luego ves la peli y te decepciona. Nosotros no corremos riesgos innecesarios, así que de momento hemos decidido no descargarnos este clásico.

Kanchanaburi no sólo tiene su famoso puente. A sólo 50 km de la ciudad, se encuentra el Parque Natural de Erawan, con unas cascadas donde nos dimos unos chapuzones:

En las casas de masajes de Bangkok te encuentras con el llamado “Fish Massage”, unos tanques llenos de agua y peces donde metes los pies para que, básicamente, te coman los callos. ¡Pues en Erawan los peces te comen los callos gratis! Aunque no sé de qué nos extrañamos, en Khao San Road tiene pinta de haber muchas cosas de pago que en otros sitios te hacen gratis…

En fin, que estuvimos un rato con los pieses en remojo y los pececillos comiéndonos las impurezas. Al principio hace gracia, al cabo de un rato da cierta grima.

¡Qué te exfolie un pez!

Al día siguiente hicimos otra carambola de autobuses y tuk-tuk, que salió bien contra todo pronóstico, y visitamos el mercado flotante de Damnoen Saduak.

Se trata de un sitio donde se venden cosas (un mercado) y que está sobre el agua (flotante). Todo encaja. Parece ser que antaño era utilizado por los locales ya que los canales facilitaban el transporte de las mercancías. Hoy, sin embargo, es un sitio lleno de guiris como nosotros montados en barquichuelas a motor, comprando souvenirs y comida y tratando de no mojarse demasiado. Aunque tenemos que decir que el paseo en barca estuvo agradable.

Cansados como estábamos tras tanto ajetreo, aprovechamos el bus de vuelta a Bangkok para descansar antes de fin de año.

Próximamente, de isla en isla y de playa en playa.

Publicado 31 enero, 2011 por encualquierotraparte en Tailandia

Navidades en Bangkok (22/12/2010-5/1/2011)   9 comments

Dejamos India atrás y tomamos un vuelo que nos lleva directos a la ciudad más emblemática del sudeste asiático: Bangkok.

Decidimos empezar a tomarnos las cosas con un poco más de calma y plantamos nuestro campamento base para pasar allí las navidades. Tres hostales distintos a lo largo de casi dos semanas en la capital tailandesa nos permiten decir que conocemos un poquito de Bangkok. ¡Hasta ejercimos de anfitriones!

Primero se vino Mer a pasar unos días con nosotros (Álvaro feliz, por razones evidentes) entre Bangkok, la selva y la playa. Qué pena que todo lo bueno se acabe. Es curioso, aunque llegó en una década y se fue en la siguiente, a Álvaro se le hizo demasiado corto…

Sin embargo, la soledad no duró mucho y el 2 de enero Rafa se puso muy contento: Marina llegaba. Y no vino sola; la acompañaban su inseparable prima “la Gemma” y Roger.

Tanto con una como con otros visitamos un poco Bangkok, pero estábamos tan ocupados que casi no hicimos fotos en la ciudad. No os preocupéis, tendréis más información de nuestras andanzas con ellas en posts siguientes. Centrémonos hoy en Bangkok, la ciudad de los Ángeles (con permiso de L.A.).

Nada más aterrizar, Bangkok nos acogió en su celebérrima calle de la perdición: Khaosan Road. Como ocurre en Salou o Torrevieja, este peculiar ecosistema reúne todos los elementos necesarios para atraer al “guiri común” (en latín: “ebrius mochilerus”): pensiones baratas que surgen como setas, litros y litros de cerveza Chang, cubos (no copas ni minis, ¡cubos!) de alcoholes varios no identificados, sórdidos garitos, una happy hour cuasi permanente, casas de masajes híper-baratas, imitaciones malas y peores…

Sin ir más lejos, Rafa cambió de profesión en el tiempo que tardó un hombre en prepararle su carnet de periodista freelance. Mercedes Milá tiembla.

Dicen que allá donde fueres haz lo que vieres, así que rápidamente adoptamos las costumbres locales de su especie endémica y así poder conocer mejor el comportamiento del curioso especimen. Eso incluye Nochebuena, que celebramos con estos alegres ejemplares de “ebrius mochilerus” de procedencia dispar.

Al cabo de unos días nos alejamos del hábitat de esta peculiar especie (nos trasladamos a un hotel más céntrico) y cambiamos los sórdidos tugurios de Khaosan Road por garitos de “altura” como el Sirocco, una pedazo de terraza en el piso 64 de unos de los hoteles más pijos de la ciudad (gracias Marta por la recomendación). A partir de ahí ya sí que pudimos dedicarnos a examinar Bangkok detenidamente, como se ve a continuación:

En Tailandia, la religión predominante es el budismo. Los templos de este culto tienen un estilo peculiar y, a diferencia de lo que ocurría en Turkmenistán, el dorado y los ornamentos sí están bien utilizados y no resultan en absoluto horteras ni fuera de contexto.

Tuvimos la suerte de coincidir con un grupo de monje budistas rezando al unísono en uno de los templos principales. No había mucha gente en el rezo, así que nos pudimos sentar a escucharles relajadamente. Casi nos quedamos sopa con el murmullo en que consistían las plegarias, pero pudimos sacar algunas fotos interesantes:

En los países budistas, los monjes gozan de un trato diferente. En general son muy respetados y tienen ciertos privilegios (un punto a favor). Por otro lado, no pueden ser tocados por mujeres (500 puntos en contra). Un ejemplo de esos privilegios se puede ver en el metro de Bangkok:

¿Recordáis los tuk-tuk de la India? Pues en Bangkok los hay a patadas y su aspecto es muy similar. Sin embargo, mientras que los indios son unos cacharros que no pasan de los 40 km/hora, los thai son unos cohetes conducidos por personajes sin demasiado aprecio por la vida que, además, te intentan hacer el lío a la que te despistas.

Si vas a Bangkok, pilla taxis normales con taxímetro: son mucho más cómodos, igual de baratos y muchos están tuneados. Llantas, alerones, metalizados rosas, ¡hasta fuimos en uno con Nitrox!.

Lo que también mola de Bangkok es que en todos lados se puede comer. No sólo hay millones de restaurantes, abiertos día y noche, sino que también los puestos de comida se agolpan en la calle uno tras otro. Todo tirado de precio y no se come nada mal…

Para terminar, una imagen de fin de año en Bangkok. Esta gente no tiene nuestro mensaje de Navidad del Juan Carlos, pero ahí estaba su Rey en plena celebración. No sé si será campechano o no, pero los thai se lo toman muy en serio.

Próximamente, en el puente sobre el río Kwai (sí, como la peli).

Publicado 26 enero, 2011 por encualquierotraparte en Tailandia

Calcuta, Benarés y los Space Invaders (16-22/12/2010)   11 comments

Lucky are those who live in the banks of Ganga River”.

O, lo que es lo mismo: “Dichosos aquellos que viven en las orillas del río Ganges”. Esta frase puede tener sentido para los hindúes. Para nosotros, desde luego que no.

La religión hindú es como el juego de la oca. Si te portas bien en vida, te reencarnas en mejores existencias (una casta superior, alguien con más pasta…) hasta que llegas a la meta: que tu alma se funda con el Creador y te liberes de la existencia material y de reencarnarte una y otra vez. Sin embargo, si un hindú se porta mal, retrocede posiciones (un amargado, un paria, un perro, un gusano, etc.) hasta la casilla de salida. Y vuelta a empezar. Igualito que la Oca.

Ahora bien, si mueres en la ciudad santa de Benarés y tus cenizas van a parar al río Ganges, te liberas del ciclo de reencarnaciones y te salvas directamente (de oca a oca…).  Un chollo.

¿Consecuencia? Que a orillas del Ganges se hacen hogueras (tipo fogata de campamento) donde se incineran muertos 24 horas al día, 7 días a la semana. Y luego las cenizas se vierten en el Ganges. En 45 minutos que estuvimos mirando, quemaron tranquilamente a unas 8 personas.

Por otro lado, los leprosos, los hombres santos, aquellos que mueren por picaduras de cobra y nosequién más, no se queman, sino que se tiran enteros al río una vez muertos. Une a esto la contaminación típica de la India y tendrás un maravilloso cóctel llamado “este río da mucho asquito”.

Pero a los hindúes les da igual, ellos sostienen que el río es sagrado y acuden a bañarse diariamente en sus aguas ya que, por lo visto, purifican los pecados.

No os creáis que la ciudad en sí está mucho más limpia. Si ya en Delhi te encontrabas de vez en cuando animales por las calles, en Benarés la proporción bichos / humanos debe de estar al 50%. Y como la ciudad está llena de basura, se adaptan al entorno y comen lo que pillan:

Todo se aprovecha, incluida la mierda de los animales, que se utiliza como combustible:

Tantos animales sueltos por la ciudad hace que, a veces, no todo el mundo pueda pasar a la vez por sus angostas calles. Que se lo digan a esta chica. Aunque pasamos el día con ella y su novio no logramos acordarnos de su nombre. Triste. Aunque siempre la recordaremos como “la sueca que fue arrollada por una manada de vacas callejeras”.

En cualquier caso, la espiritualidad de la ciudad se percibe en el ambiente. Todo está lleno de templos, de imágenes de dioses, de hombres santos con pintas curiosas, de colorines…

Hasta los anuncios de las casas de huéspedes, pintados a todo color por las paredes, contribuían un poco a crear ese ambiente místico:

Las ceremonias nocturnas a orillas del río, multitudinarias o no, eran dignas de contemplarse. La de la foto siguiente era de las “íntimas”. Estaba el señor de pelo largo cantando, sus ayudantes haciendo cosas con incienso, y nosotros tomando el fresco a un lado.

También nos dimos una vuelta en barca de noche, muy chula, con todos los templos y los ghats iluminados:

Los milagros en Benarés existen, y por fin conseguimos hacernos una foto en la que salimos los dos (¡gracias “sueca arrollada por las vacas”!):

Calcuta, la última ciudad india en la que estuvimos, no tiene la categoría de ciudad sagrada. Sin embargo, fue la capital de la India durante el periodo de ocupación británica. Ello ha hecho que Calcuta sea mucho más urbana que otras ciudades como Benarés, con edificios victorianos y taxis amarillos estilo “Ambassador”. Aunque no os creáis que esto impide que la gente siga bañándose en el  contaminadísimo río sagrado.

Hemos querido dejar para el final lo que sin duda os estáis preguntando. ¿Qué es eso de los Space Invaders? ¿Por qué un título de post tan chorra?

Todos (o casi todos), recordaréis el mítico videojuego de los marcianitos que en lo 80 hacía furor en las salas recreativas del mundo entero.

Pues bien, como si de un Banksy alternativo se tratara, un autor anónimo lleva más de 8 años plantando mosaicos de estos bichitos en ciudades de todo el mundo. Parece ser que todo comenzó en París (para los interesados, ver este enlace, que lo explica muy bien) y, a partir de ahí, la invasión se ha propagado por otras grandes urbes, desde Bilbao hasta Katmandú, pasando por Nueva York y… Benarés. ¿Hasta donde continuará la invasión? Nadie lo sabe, habrá que estar preparados…

Nosotros nos encontramos con unos cuantos, aunque hay un total de 14 creaciones del artista repartidas por la ciudad (en París, por ejemplo, hay 704):

Para los cegatos, una vista ampliada:

Para terminar, nuestro recorrido hasta la India:

Proximamente, con esperadas visitas en Tailandia.

Publicado 20 enero, 2011 por encualquierotraparte en India

A %d blogueros les gusta esto: