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De vuelta en Tailandia: rumbo al sur (23/2/2011 – 4/3/2011)   3 comments

Un buen día estábamos de compras en un mercado de Laos y nos perdimos de vista un momento mientras uno compraba unos pantalones y el otro se entretenía en el escaparate de una pastelería francesa. Lo siguiente que recordamos es que, no sabemos muy bien cómo, acabamos uno en Vietnam y el otro en Madrid. Menos mal que existen los aviones y los vuelos a Bangkok, así que a finales de febrero pudimos volver a juntarnos para tomar un tren que nos llevaría directos al sur de Tailandia.

Allí, ya sabéis, pasamos unos días navegando en una concurrida y pequeña barcaza mientras aprovechábamos para visitar entre comida y comida los fondos marinos y los corales de Andamán.

Liquidada la parte subacuática del relato, queda contaros nuestras andanzas sobre el nivel del mar (en espacios abiertos y/o superiores a los 30 metros cuadrados, a diferencia de nuestro añorado barco).

Nuestro primer destino fue Khao Lak, base de operaciones de la industria del buceo en la zona y punto de salida del mini crucero por las Islas Similan. Según nos contó el dueño del hotel donde nos hospedábamos, la zona quedó bastante afectada por el tsunami que golpeó Tailandia en el año 2004. Hoy todo lo que el tsunami destruyó está más que reconstruido, aunque el recuerdo de lo sucedido hace tan sólo 6 años está muy presente entre los lugareños y la costa está plagada de carteles de evacuación como éstos:

En éste, por ejemplo, vemos que únicamente quedan 1.200 metros hasta la colina más próxima. Tranquilizador.

Después de despedirnos de nuestros compis de buceo, pusimos rumbo a la ciudad costera de Krabi, todavía más al sur. La frontera con Malasia estaba cerca y eso se notaba. En esta zona de Tailandia la religión mayoritaria es el Islam, lo que afecta a asuntos de vital importancia para nosotros como son la gastronomía o la calidad del sueño. Ya casi habíamos olvidado lo que era oír llamar a la oración a las 5 AM mediante bafles y amplificadores que ya quisiera Iron Maiden para sus conciertos…

Krabi no es una ciudad fea, el pescado es bueno y abundante y todo es razonablemente barato así que, pese a la puntual y molesta llamada nocturna del muecín, decidimos  prolongar la estancia en la ciudad un par de noches.

No es únicamente el pescado ni los currys ultrapicantes lo que hace que la gente visite Krabi. Escaladores de todo el mundo vienen aquí atraídos por sus imposibles acantilados de piedra caliza que caen a plomo sobre las numerosas playas de arena blanca de los alrededores.

Por razones técnicas (entre las que destacan la falta del equipo apropiado, la no disponibilidad de guías adecuados, la inexistencia de vías ajustadas a nuestro nivel y el no ser capaz ni de subirse uno a un taburete por el inevitable vértigo) no pudimos probar a hacer escalada en este lugar. Aunque reconocemos el mérito y lo mucho que molaban los que estaban subiendo riscos en ese momento (además sé que a algunos de vosotros se os pondrán los dientes largos… ¿O no mr. ex-monorrasta, dr. Rocanrol, Superpollo y compañía?).

Tampoco os vayáis a pensar que por no trepar paredes nos lo pasamos mal. Es cierto que las impresionantes paredes hacen las delicias de los escaladores, pero los no escaladores también pueden ocupar su tiempo con otras actividades playeras igual de intensas…

Nuestro razonamiento fue el siguiente: si nos subiéramos a una pared de ésas estábamos seguros de que, de una forma u otra, acabaríamos cayéndonos en la arena. Así que decidimos ahorrarnos el paso intermedio y directamente tirarnos en la playa desde una altura más apetecible (medio metro). El resultado iba a ser el mismo.

Desde Krabi tomamos un ferry a la famosa isla de Koh Phi Phi, que pilla de camino a la todavía más famosa isla de Phuket. Tanto una como otra son totalmente prescindibles. Phi Phi tiene unos paisajes muy bonitos, similares a los acantilados y formaciones kársticas de Krabi. Sin embargo, está mucho más masificada y explotada, orientada en toda su extensión al turismo más chusco de sol y sangría. Como consecuencia de ello, allí encontramos la peor relación calidad-precio en comida y alojamiento de toda nuestra estancia en Tailandia.

Próximamente, seguid con nosotros si queréis saber si Sulawesi es una isla tropical o un plato indonesio a base de gambas empanadas…

Publicado 24 marzo, 2011 por encualquierotraparte en Tailandia

Bajo el Mar de Andamán (26-28/2/2011)   7 comments

El penúltimo día antes empezar el viaje, allá por octubre, Rafa conducía solitario camino de Madrid. El pobre volvía de Altea, donde se había tenido que ir (un poco coaccionado, todo ha de decirse) a sacarse el PADI, un certificado de buceo internacional.

Desde entonces, estaba claro que uno de los objetivos de nuestro viaje iba a consistir en buscar a Nemo, redescubrir la Atlántida y rescatar a Ariel de la malvada bruja Úrsula. De este modo, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (en este caso, que el Mar de Andamán pasa por la costa sur de Tailandia), decidimos embarcarnos 3 días en el M/V Nangnuan, un pequeño barco de buceo que recorre las celebérrimas (por lo menos entre los submarinistas) Islas Similan.

Como podéis comprobar el barco era bastante canijo, aunque nosotros preferíamos llamarlo “familiar”. Lo cierto es que lo elegimos de entre los muchos cruceros de buceo que había disponibles por ser éste el más barato. Para que os hagáis una idea, ni siquiera tenía camarotes: dormíamos todos, tripulación y pasajeros, debajo de una lona que había sobre la cubierta superior del barco. Fue muy gracioso pasar allí las 2 noches, apiñados como si estuviéramos de campamento de verano en la Sierra de Gredos. Lo mejor de todo fue el ruido que hacía la lluvia al caer sobre la lona durante las tormentas que nos visitaban cada noche. Los relámpagos y los truenos tampoco estaban mal, le daban vidilla al asunto.

La zona donde desayunábamos, comíamos, merendábamos y cenábamos la utilizábamos también para planificar las inmersiones, comentar las inmersiones después de hacerlas (¿Has visto al calamar? ¿Cuánto aire te ha quedado? Buah, he flipado con la manta raya…), como área de esparcimiento, como área de reposo, como área de juegos y, por la noche, se utilizaba para que los instructores nos contaran sus batallitas de buceadores avezados (“una vez bajé 80 metros a pulmón. Pero oye, tú nunca lo hagas (descuida chico, le tengo cierto aprecio a la vida), “no es cierto que los instructores olamos a pescado” “llevo hechas doscientos mil millones de inmersiones”, ese tipo de cosas…). Resumiendo, era en el comedor donde se hacía vida social del barco.

Lo bueno de un barco pequeño es que cabe poca gente en él, así que al cabo de 3 días hasta el cocinero tailandés era como de la familia (se llamaba Tao, por cierto, que en thai significa tortuga).

Aparte de comentar la jugada y de hacer amiguitos, también nos dedicamos a bucear un poco. Para nuestra desgracia no conseguimos alquilar una cámara submarina que nos sirviera para atestiguar nuestras aventuras acuáticas, así que no hay fotos de nosotros bajo el mar. Tenemos unas cuantas fotos de la gente embutida en los neoprenos, así que os podéis imaginar eso pero, en lugar de estar rodeados de aire y de barco, estaríamos rodeados de agua, de corales y de fauna marina.

En total hicimos 9 inmersiones (3 el primer día, 4 el segundo y 2 el último). Estuvieron todas muy bien, vimos tortugas gigantes, muchos peces de colores y tamaños variados e incluso varias mantas de 3 o 4 metros de largo. Tenemos que confesar que, a pesar de no estar mal, el buceo en las Islas Similan nos decepcionó un poco: menos coral del que pensábamos, demasiado marketing thai y muy masificado. Mucho mejor el buceo en Indonesia, pero de eso ya os hablaremos en su momento.

A pesar de todo, en una de estas inmersiones tuvo lugar un momento del viaje que seguro pasará a los anales de la historia. ¡Rafa siendo atacado por un pez! Íbamos los 4 de nuestro grupo tan tranquilos bajo el agua cuando nuestra divemaster (ver foto arriba a la izquierda) nota que algo le tira de las aletas. Era un pez de medio metro (un trigger fish) con cara de cabreo. Los demás íbamos detrás, así que pronto cambió de objetivo y se fue primero hacia un belga que pasaba por allí y luego a por Rafa. No miento si os digo que estuvo persiguiéndole durante al menos 5 minutos mientras Rafa huía de él como podía. Tampoco miento si os digo que es perfectamente posible reírse a carcajadas a 25 metros de profundidad con el regulador en la boca…

Entre inmersión e inmersión había que dejar pasar un rato, así que ¿qué mejor que explorar el interior de las Islas Similan? El concepto “explorar” en nuestro barco era un poco difuso: para algunos significaba adentrarse en la isla y subir riscos cantimplora en mano y, para otros, tirarse en la playa a tomar el sol como unos desgraciados…

Y luego, vuelta al barco para volver a empezar.

Próximamente, los impresionantes acantilados de la costa sur de Tailandia (o la peripecias de Rafa por Vietnam, ya veremos).

 

Nota: Ahora mismo estamos en Indonesia. Por si alguien está preocupado, a pesar de que el terremoto del pasado 11 de marzo causó un tsunami brutal en Japón y que dieron la alerta en ciertos lugares de Indonesia, donde nosotros estamos no ha pasado nada de nada. Así que todo bien. Un abrazo!!

Publicado 15 marzo, 2011 por encualquierotraparte en Tailandia

Koh Chang y Koh Samet: playa, sol… ¿para qué más? (26/01/2010-08/01/2011)   8 comments

Un poco de Bangkok, tallarines, que te exfolie un pez, una visita al río Kwai… Todo genial. Pero claro, no nos íbamos a marchar  de Tailandia sin pasar unos días en algunas de sus famosas islas (aunque volveremos a ellas para bucear dentro de 2 semanas: atentos a los próximos posts).

Mientras Rafa nos esperaba en la ciudad de Kanchanaburi, Mer y yo (Álvaro, si he hecho bien los cálculos) tomamos un barco rumbo a la pequeña isla de Koh Samet, 200 y pico kilómetros al sureste de la capital tailandesa.

Allí nos dedicamos a la holganza más absoluta, viendo atardecer y amanecer en las distintas playas, cenando señoras mariscadas por 4 euros, paseando…

Rafa nos echaba mucho de menos (estoy seguro, aunque no lo admita): es probable que ni siquiera pudiese conciliar el sueño sin nosotros. Así que, claro, tuvimos que abandonar la isla e ir a su encuentro. No estuvimos más que una noche en Koh Samet pero, ya se sabe, lo bueno si breve, buena sombra le cobija.

Esto no viene a cuento, pero estando en la isla decidimos que había que amenizar el blog con juegos variados. Ya puedes empezar a encontrar las 2 diferencias:

Nuestras segundas visitas navideñas, Marina, Gemma y Roger, tampoco quisieron perderse las islas tailandesas. Bangkok muy bonito, qué bien se come, vámonos de compras, ponme otro bucket… Lo que tú quieras, pero dos días después de que aterrizaran en la ciudad ya estábamos montados en este peculiar autobús con destino a Koh Chang.

En tailandés, Koh Chang significa “Isla Elefante”. No creáis que le pusieron ese nombre por casualidad…

Un día de los muchos en los que nuestra actividad vital se estaba limitando a hacer la fotosíntesis en la playa, avistamos a lo lejos lo que parecía ser un hermoso paquidermo retozando en la orilla del mar.

Rafa y Marina no pudieron resistirse, así que se acercaron a ver qué se cocía por ahí y acabaron todos, elefante y personajes, chapoteando todos juntos en amor y compañía. Como podéis comprobar era un bebé elefante: según el cuidador no tendría más de un año.

Tras el ajetreo y las 100.000 fotos de rigor, seguimos a lo nuestro entre la arena y el mar… Eso que tiene Rafa es un libro muy gordo. Unas veces lo usaba para calzar mesas y otras para matar saltamontes.

En primicia, una de las pocas fotos que tenemos Rafa y Álvaro juntos. Muy espontánea, creo que nos pilló debatiendo sobre las nuevas técnicas de coaching para ejecutivos de alto nivel  (o sobre cómo comer sardinas sin atragantarse con las espinas, no recuerdo bien).

Sin embargo, no os creáis que todo lo que hicimos en esta isla fue tomar el sol y bañarnos en el mar. Llegada una determinada hora empezaba a atardecer y a hacer fresco. Había que buscar alternativas. ¿Qué mejor que un garito a orillas del mar donde cenar y tomar unas cervezas?

Aunque pronto le cogimos el gusto al bar y acabamos usándolo también para comer y desayunar. Es lo que tiene que sea más barato comer fuera que ir al súper a hacer la compra… En la foto, un relajado curry con arroz. Su precio: siempre por debajo de nuestro exiguo presupuesto.

Para terminar (por el momento) con las islas tailandesas, ¡más fotos nuestras en la playa!

Bueno, vamos a no ser crueles: mejor terminamos con una típica gasolinera local, que hace mucho que no tocábamos el tema de los cambustibles fósiles. Para hacerte una propia sólo necesitas 3 maderos y un par de docenas de botellas de whisky vacías (las instrucciones detalladas las puedes encontrar en el  capítulo 2.341 de bricomanía).

Briconsejo: recomendamos moderación a la hora de recopilar las botellas necesarias para la obra. Recuerda que dos docenas es un número aproximado y que no es necesario montar tu propia gasolinera de un día para otro.

 

Nuestro recorrido por Tailandia lo dejamos para cuando hayamos regresado allí (el 22 de febrero) y nos hayamos vuelto a ir  (no me acuerdo de la fecha del vuelo, pero es a Indonesia seguro, ¿verdad Rafa? ¿Rafa?).

 

Próximamente, alguna historia sobre Camboya que aún no hemos decidido.

Publicado 5 febrero, 2011 por encualquierotraparte en Tailandia

El puente sobre el río Kwai (29-31/12/2010)   4 comments

13 horas de horrible bus nocturno (ya hablaremos de él cuando toque Laos), han hecho que estamos frescos como lechugas para hablaros de Kanchanaburi y de su peliculero río Kwai.

Después de mucho tiempo seguido en Bangkok, decidimos que ya era hora de visitar otros lugares de Tailandia. Kanchanaburi fue el destino elegido para ello. Rafa hizo una avanzadilla y se plantó allí un día antes para explorar el terreno, mientras Mer y Álvaro vagueaban en las playas de la isla de Koh Samet (próximo post).

Tras unas pocas horas de buses, taxis y más buses, nos volvimos a reunir todos a orillas del río Kwai.

Hace cerca de 60 años, en plena 2ª Guerra Mundial, los japoneses decidieron invadir toda Asia. Para proseguir con su conquista del mundo oriental, necesitaban traer materias primas desde Birmania hasta Japón. Sin embargo, el tráfico marítimo en el Océano Índico se encontraba controlado por los británicos y navegarlo era una misión suicida si tu bandera era blanca con un punto rojo gigante en medio.

¿Solución? Construir en tiempo récord un ferrocarril que uniese Birmania con Tailandia, desde donde se enviarían las mercancías a Japón por unos mares más amistosos con los navíos nipones.

¿Problema? Que entre Tailandia y Birmania hay unas bonitas montañas pobladas de densa jungla y caudalosos ríos.

¿Cómo lo hicieron? Básicamente con montones y montones de esclavos: i) gentes de los países adyacentes a las que engañaban con falsas promesas de trabajo y ii) prisioneros de guerra europeos y estadounidenses.

¿Consecuencia? Construyeron 400 kilómetros de vía férrea en sólo 15 meses, cuando los ingenieros habían previsto un mínimo de 5 años de trabajo muy intenso. Eso sí, a costa de dejarse en el camino unos 300.000 muertos por enfermedades tropicales, hambre y agotamiento.

Y todo este esfuerzo sirvió para bien poco. Nada más entrar en servicio la línea, los americanos la bombardearon y derrotaron a los japoneses, con lo que todo el proyecto quedó en nada.

Años más tarde se rodó una famosa peli sobre la construcción de ese ferrocarril de la muerte: “El Puente sobre el Río Kwai”, un puente traído pieza a pieza desde la isla de Java en Indonesia para acelerar el avance del ferrocarril. Es tan famosa que aún no la hemos visto, aunque a cambio hemos cruzado el río Kwai por el mismísimo puente. Asumimos que debe de ser como haber leído el libro: luego ves la peli y te decepciona. Nosotros no corremos riesgos innecesarios, así que de momento hemos decidido no descargarnos este clásico.

Kanchanaburi no sólo tiene su famoso puente. A sólo 50 km de la ciudad, se encuentra el Parque Natural de Erawan, con unas cascadas donde nos dimos unos chapuzones:

En las casas de masajes de Bangkok te encuentras con el llamado “Fish Massage”, unos tanques llenos de agua y peces donde metes los pies para que, básicamente, te coman los callos. ¡Pues en Erawan los peces te comen los callos gratis! Aunque no sé de qué nos extrañamos, en Khao San Road tiene pinta de haber muchas cosas de pago que en otros sitios te hacen gratis…

En fin, que estuvimos un rato con los pieses en remojo y los pececillos comiéndonos las impurezas. Al principio hace gracia, al cabo de un rato da cierta grima.

¡Qué te exfolie un pez!

Al día siguiente hicimos otra carambola de autobuses y tuk-tuk, que salió bien contra todo pronóstico, y visitamos el mercado flotante de Damnoen Saduak.

Se trata de un sitio donde se venden cosas (un mercado) y que está sobre el agua (flotante). Todo encaja. Parece ser que antaño era utilizado por los locales ya que los canales facilitaban el transporte de las mercancías. Hoy, sin embargo, es un sitio lleno de guiris como nosotros montados en barquichuelas a motor, comprando souvenirs y comida y tratando de no mojarse demasiado. Aunque tenemos que decir que el paseo en barca estuvo agradable.

Cansados como estábamos tras tanto ajetreo, aprovechamos el bus de vuelta a Bangkok para descansar antes de fin de año.

Próximamente, de isla en isla y de playa en playa.

Publicado 31 enero, 2011 por encualquierotraparte en Tailandia

Navidades en Bangkok (22/12/2010-5/1/2011)   9 comments

Dejamos India atrás y tomamos un vuelo que nos lleva directos a la ciudad más emblemática del sudeste asiático: Bangkok.

Decidimos empezar a tomarnos las cosas con un poco más de calma y plantamos nuestro campamento base para pasar allí las navidades. Tres hostales distintos a lo largo de casi dos semanas en la capital tailandesa nos permiten decir que conocemos un poquito de Bangkok. ¡Hasta ejercimos de anfitriones!

Primero se vino Mer a pasar unos días con nosotros (Álvaro feliz, por razones evidentes) entre Bangkok, la selva y la playa. Qué pena que todo lo bueno se acabe. Es curioso, aunque llegó en una década y se fue en la siguiente, a Álvaro se le hizo demasiado corto…

Sin embargo, la soledad no duró mucho y el 2 de enero Rafa se puso muy contento: Marina llegaba. Y no vino sola; la acompañaban su inseparable prima “la Gemma” y Roger.

Tanto con una como con otros visitamos un poco Bangkok, pero estábamos tan ocupados que casi no hicimos fotos en la ciudad. No os preocupéis, tendréis más información de nuestras andanzas con ellas en posts siguientes. Centrémonos hoy en Bangkok, la ciudad de los Ángeles (con permiso de L.A.).

Nada más aterrizar, Bangkok nos acogió en su celebérrima calle de la perdición: Khaosan Road. Como ocurre en Salou o Torrevieja, este peculiar ecosistema reúne todos los elementos necesarios para atraer al “guiri común” (en latín: “ebrius mochilerus”): pensiones baratas que surgen como setas, litros y litros de cerveza Chang, cubos (no copas ni minis, ¡cubos!) de alcoholes varios no identificados, sórdidos garitos, una happy hour cuasi permanente, casas de masajes híper-baratas, imitaciones malas y peores…

Sin ir más lejos, Rafa cambió de profesión en el tiempo que tardó un hombre en prepararle su carnet de periodista freelance. Mercedes Milá tiembla.

Dicen que allá donde fueres haz lo que vieres, así que rápidamente adoptamos las costumbres locales de su especie endémica y así poder conocer mejor el comportamiento del curioso especimen. Eso incluye Nochebuena, que celebramos con estos alegres ejemplares de “ebrius mochilerus” de procedencia dispar.

Al cabo de unos días nos alejamos del hábitat de esta peculiar especie (nos trasladamos a un hotel más céntrico) y cambiamos los sórdidos tugurios de Khaosan Road por garitos de “altura” como el Sirocco, una pedazo de terraza en el piso 64 de unos de los hoteles más pijos de la ciudad (gracias Marta por la recomendación). A partir de ahí ya sí que pudimos dedicarnos a examinar Bangkok detenidamente, como se ve a continuación:

En Tailandia, la religión predominante es el budismo. Los templos de este culto tienen un estilo peculiar y, a diferencia de lo que ocurría en Turkmenistán, el dorado y los ornamentos sí están bien utilizados y no resultan en absoluto horteras ni fuera de contexto.

Tuvimos la suerte de coincidir con un grupo de monje budistas rezando al unísono en uno de los templos principales. No había mucha gente en el rezo, así que nos pudimos sentar a escucharles relajadamente. Casi nos quedamos sopa con el murmullo en que consistían las plegarias, pero pudimos sacar algunas fotos interesantes:

En los países budistas, los monjes gozan de un trato diferente. En general son muy respetados y tienen ciertos privilegios (un punto a favor). Por otro lado, no pueden ser tocados por mujeres (500 puntos en contra). Un ejemplo de esos privilegios se puede ver en el metro de Bangkok:

¿Recordáis los tuk-tuk de la India? Pues en Bangkok los hay a patadas y su aspecto es muy similar. Sin embargo, mientras que los indios son unos cacharros que no pasan de los 40 km/hora, los thai son unos cohetes conducidos por personajes sin demasiado aprecio por la vida que, además, te intentan hacer el lío a la que te despistas.

Si vas a Bangkok, pilla taxis normales con taxímetro: son mucho más cómodos, igual de baratos y muchos están tuneados. Llantas, alerones, metalizados rosas, ¡hasta fuimos en uno con Nitrox!.

Lo que también mola de Bangkok es que en todos lados se puede comer. No sólo hay millones de restaurantes, abiertos día y noche, sino que también los puestos de comida se agolpan en la calle uno tras otro. Todo tirado de precio y no se come nada mal…

Para terminar, una imagen de fin de año en Bangkok. Esta gente no tiene nuestro mensaje de Navidad del Juan Carlos, pero ahí estaba su Rey en plena celebración. No sé si será campechano o no, pero los thai se lo toman muy en serio.

Próximamente, en el puente sobre el río Kwai (sí, como la peli).

Publicado 26 enero, 2011 por encualquierotraparte en Tailandia

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