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Sweet home Atacama (6-8/05/2011)   8 comments

20 horas de autobús dirección norte, en línea recta por la carretera Panamericana: 30 euros.

Cena a base de perrito caliente cutre salchichero en estación de servicio perdida de la mano de Dios: 1,5 euros.

Mear en letrina apestosa de la misma estación de servicio: 0,2 euros.

Despertarse en el bus al amanecer y contemplar la inmensidad del desierto más árido del mundo frente a ti… no tiene precio.

Se nos acaban los recursos literarios y ya tiramos de frases hechas inventadas por los publicistas de Mastercard. Disculpad. Aunque en este caso nos venían al pelo.

Nuestra última escala en Chile fue el desierto de Atacama. Cierta profesora de geografía del colegio (hola Loli) nos enseñó hace ya muchos años que se trata del lugar más árido del mundo. Correcto. También nos contó (lo dice Rafa, Álvaro afirma no acordarse) que allí los coches no tienen limpiaparabrisas porque no hay lluvia que limpiar. Rotundamente falso. ¿O es que acaso cada fábrica de coches tiene una línea especial de producción para los 4 mataos que viven por esta zona del mundo? Pues no, lógicamente. Pobre Rafa, que ha vivido tanto tiempo engañado…

En un paisaje tan inhóspito como éste sólo pueden sobrevivir los cactus y algún que otro matojo reseco del que se alimentan las llamas, los camellos rastafaris del altiplano andino.

San Pedro de Atacama no tiene demasiado encanto. Con el tiempo se ha ido convirtiendo en un pueblo sin alma totalmente orientado al turismo, en el que  puedes encontrar desde los locutorios más caros de todo Chile hasta comida italiana del montón. Eso sí, está situado en un enclave privilegiado, rodeado de volcanes activos de 6.000 metros de altura y de imponentes cordilleras de sal.

Como la oferta hotelera y gastronómica de la zona es prácticamente inexistente fuera de San Pedro (y la que hay, se escapa de nuestro exiguo y castigado presupuesto), montamos allí nuestro campamento base y nos dedicamos a explorar los alrededores contratando con una de las 400 agencias que había en el pueblo. La que nos hizo mejor precio, claro. Con el tiempo acabaríamos arrepintiéndonos de nuestra tacañez, aunque de eso os hablaremos en el siguiente post…

Una de las excursiones, quizás la más espectacular que hicimos en Chile, nos llevó a los géiseres del Tatio. Estos chorros de agua caliente y vapor se caracterizan por su naturaleza crápula y por su moral dudosa, ya que sólo salen de noche y alcanzan su apogeo al amanecer, como si se estuviesen yendo de after los muy desfasados. Y eso 7 días a la semana, 365 días al año. A saber qué se toman para aguantar ese tute… Las malas lenguas hablan de azufre y cianuro, no os digo más.

Mirad éste, por ejemplo, que parece que va a explotar:

Como os hemos comentado, los géiseres duermen de día, sólo salen de noche y alcanzan su plenitud al amanecer, lo que nos parecería estupendo si para visitarlos no tuviese uno que despertarse a las 3 y media de la madrugada. Y no tanto por las horas intempestivas, sino por el frío polar que hace en ese momento a 4.300 metros de altura en el p**o desierto.

Aquí hacemos un breve inciso para hablaros de nuestro equipaje. Al meter cosas en la mochila, uno tiende a dejarse llevar por la emoción del momento y a pensar únicamente en lo necesario para las playas de Tailandia y Brasil, para las urbes indias o para las selvas de Camboya. A saber: crema para el sol, chanclas, bermudas, camisetas, tangas de leopardo… Esas cosas. Como mucho, metes un suéter por si refresca (frase de abuela total), un cortavientos para ¿cortar el viento? y unas botas de montaña por si te da por echarte al monte como un vulgar maqui.

Pues bien, advertidos del frío que podía llegar a hacer, recurrimos a la táctica de la cebolla. A saber: ponerse capas y capas de ropa hasta que no te puedes ni mover. 2 pares de pantalones, 2 de calcetines, el pijama, 2 camisetas, 1 camiseta térmica, 2 sudaderas, 1 jersey y el “cortavientos”. Con eso, unas manoplas y un gorro que nos agenciamos, pensábamos que estaríamos a salvo del frío. Nada más lejos de la realidad. Una vez llegamos a los géiseres a las 6 de la mañana, nos dieron de desayunar y os puedo asegurar que en lo único que pensábamos era en echarnos el café hirviendo dentro del segundo par de pantalones.

A continuación, una muestra del “encebolle” después de haber amanecido (no tenemos fotos cuando aún era de noche porque es complicado hacer fotos con las manos dentro de, 1º, unas manoplas y, 2º, los bolsillos):

Fernando es un tipo duro y entre los muchos trucos de supervivencia contra el frío que conoce está el de saltar por encima de chorros de vapor a presión. Efectivo pero arriesgado. Que se lo pregunten a los mejillones al vapor:

Al final le acabamos cogiendo el gustillo a eso de cruzar chorros de vapor.

Poco a poco, el sol acabó por salir y la temperatura fue haciéndose más soportable, así que aprovechamos para hacer muchas fotitos de los géiseres y de nosotros posando con ellos.

Hubo gente que incluso se atrevió a darse un baño en unas aguas termales que había por ahí. Nosotros no fuimos de esos insensatos valientes. No por frío en sí, no, sino más bien por miedo a que el efecto del frío pudiese hacer dudar de nuestra virilidad en algún posible descuido indiscreto.

Así que nosotros seguimos a lo nuestro, retratando a los géiseres y a nosotros mismos caminando felizmente entre ellos hasta que se retiraron a las entrañas de la tierra a dormirla.

Próximamente, surcando Bolivia en 4×4 (16).

Publicado 17 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Chile

En tierra de pisco (3-5/05/2011)   4 comments

En el siglo XVI, los españoles que empezaban a asentarse en el Pacífico Sudamericano comenzaron a plantar viñedos y parras para producir vino. No se sabe cuándo ni por qué, a alguien se le ocurrió destilar el vino dulce joven para producir una especie de aguardiente aromático conocido hoy como pisco.

Tanto los peruanos como los chilenos dicen ser los creadores de esta bebida. A nosotros la verdad es que nos daba bastante igual quién fue el país que la inventó, pero cada vez que hablábamos de pisco con un chileno, le preguntábamos: “Pero el pisco… Es peruano, ¿no?“, sólo  por incordiar.

Los chilenos, claro, afirman desde hace tiempo que es originario de su país. Ya en los 50, el General Videla (quien, por cierto, traicionó a Neruda y le obligó a exiliarse en el año 53) decidió renombrar un pueblecito del valle del río Elqui que pasó de llamarse “La Unión” a “Pisco Elqui”. Muy sutiles.

Y es que en el Valle del Elqui se produce cerca del 50% del pisco de Chile. Se trata de una sucesión de montañones desérticos a ambos lados del lecho del río que da nombre al valle.

Independientemente del origen trucado de su nombre, en Pisco Elqui las vistas son espectaculares, con un tapiz de parras que se exiende hasta donde alcanza la vista.

Al margen de las parras, el paisaje parece sacado de una película del oeste.

No muy lejos del Valle del Elqui se encuentra la frontera argentina, país al que se accede desde aquí por el paso de Aguas Negras, situado a 5.000 metros de altura y, al parecer, rodeado de imponentes glaciares. Tenía muy buena pinta, así que decidimos alquilar un coche y poner rumbo a la frontera chileno-argentina.

Por el camino pillaba una bodega de pisco que nos habían recomendado en nuestra ciuda base, La Serena. La cosa se nos complicó y acabamos catando unas cuantas variedades de pisco: añejo, joven, doble destilado, pisco sour, cócteles a base de mango y papaya… Turismo gastronómico, que lo llaman algunos. Nosotros creemos que encaja más en el apartado “turismo cultural”.

El caso es que nunca llegamos a la frontera argentina, pero a cambio sabemos mucho del pisco, de su proceso de destilación, de los países a los que se exporta, de que marida muy bien con chocolate, de que los chilenos prefieren el ron dominicano porque es más barato…

De todas formas, hicimos buena parte del espectacular camino hasta que un funcionario de aduanas nos comentó que la frontera cerraba “aproximadamente” en dos horas. -“¿Cómo que aproximadamente? ¿A qué hora cierra exactamente?” -“Pues no sé… A las 6 o a las 7 no más…”  Teniendo en cuenta que quedaban 80 kilómetros por puertos de montaña hasta llegar allí, más otros 80 kilómteros de vuelta, decidimos no arriesgar y volver atrás por si nos tocaba dormir en tierra de nadie, entre las fronteras argentina y chilena.

Si no hubiéramos hecho la degustación de pisco, nos hubiera dado tiempo perfectamente. Pero bueno, la vida es dura.

Próximamente, congelados en el desierto de Atacama.

Publicado 12 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Chile

Último cambio de continente, ¡hop!   6 comments

¿En qué se parece Chile a un exclusivo menú de degustación en El Bulli o en Arzak? ¡En que los dos son largos y estrechos!

Mientras que de norte a sur Chile mide más de 4.000 kilómetros, sólo se pueden recorrer 420 km en línea recta a lo ancho entre el Pacífico y los Andes.

Nosotros no bajamos tan al sur a comprobarlo. Puede decirse que nos saltamos el aperitivo y que fuimos directamente a por el primer plato del menú: las ciudades de Santiago y Valparaíso.

Os preguntaréis quién es esa silueta que acompaña a Rafa en su vano intento de posar despreocupado con Santiago de Chile extendiéndose a sus pies. Hace un par de posts os anunciamos que íbamos a tener una incorporación temporal a nuestro viaje. Pues ese momentoha llegado. Recién llegado de una misión en Afganistán, ¡el señor Fernando Manrique!

Fernando tiene previsto soportarnos hasta llegar a Bolivia, así que será un habitual de los próximos 2 o 3 posts. Aún estamos cerrando algunos flecos por sus exigencias en materia de derechos de imagen y royalties, pero creemos que llegaremos a un acuerdo satisfactorio para ambas partes y que no habrá parón en el blog para las próximas entradas.

Como hemos empezado con un tema gastronómico, os vamos a mostrar una de las especialidades culinarias del país. La contundente “chorrillana”, similar a los huevos rotos de toda la vida pero con más patatas y, si cabe, más chorreante aún. Comida de tasca de toda la vida. Si es que en Sudamérica se está como en casa…

Sin embargo, no os podemos dejar con la idea de que un revoltijo de patatas con carne es el mejor plato de la gastronomía chilena. Con tantísimos kilómetros de costa, no es extraño que tengan pescado y marisco para aburrir. Tuvimos ocasión de comprobarlo en una mariscada que nos pegamos en el Mercado Central de Santiago en honor al cumpleaños de Fernando. Durante su estancia con nosotros, el pobre ha tenido que sufrir nuestras ajustadas posibilidades presupuestarias. ¿Por qué cocinar unas salchichas en el hostal cuando podemos cenar congrio en el restaurante de la esquina?

Pero un día es un día, así que saqueamos el cerdito y nos dimos a las gambas, a los ostiones (vieiras) al ajillo, al ceviche de corvina, a las machas (almejas) a la parmesana, a la lubina con salsa de marisco… Espectacular. Lo único malo es que comer así engancha y, ante la escasa fiscalización externa de nuestro presupuesto, la posibilidad de cometer un desfalco es muy tentadora. Habrá que dejar el ahorro para Bolivia…

Igual de espectacular, o más, fue la impresionante raclette a la que nos convidaron María Teresa, María José, Nicolás y Raimundo. Éstos son los integrantes de la encantadora familia de Gonzalo, un amigo de Rafa que casualmente es chileno. Sin conocernos de nada, nos vinieron a buscar, nos metieron en su casa y nos ofrecieron deliciosos manjares que engullimos con gusto. Desde aquí queremos volver a agradeceros vuestra increíble hospitalidad. ¡Muchas gracias!

Dejando la comida a un lado (snif), Chile es famoso por ser la patria de dos premios Nobel de literatura: Gabriela Mistral y Pablo Neruda. De Neruda, sin duda habréis oído alguna vez fragmentos de su obra. Por ejemplo:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche […]

Preciosos versos, sin duda. Sin embargo, su obra no sólo se reduce a poemas de amor. Visitando su casa en Santiago, descubrimos, entre otras, su menos famosa “Oda a la Alcachofa”. Genial.

Su casa contaba con tan sólo dos habitaciones. Para compensar, tenía además 3 bares, uno de ellos de verano. Lo dicho, el tipo era un genio.

Os habréis dado cuenta de que en este post hemos metido ya varios graffitis alucinantes. Santiago y Valparaíso están plagados de ellos. Pero son graffitis que exceden en mucho la firma cutre en letras de molde de colorines. Los “murales”, como ellos los llaman, son verdaderas obras de arte urbano que adornan y mejoran las paredes y fachadas de las ciudades chilenas.

Antes de terminar, deciros que también vistamos Valparaíso, la ciudad costera de los 42 cerros donde volvimos a caer en la tentación del pescado y el marisco fresquísimo. Aunque no todo fue agradable allí: más de 4 personas distintas nos dijeron que anduviésemos con ojo con los maleantes. Supongo que es la cara menos amable de Sudamérica…

Y ya sí, para finalizar, Fernando y su amor con el océano Pacífico.

Próximamente, ¿el pisco es peruano o chileno? Espera… ¿qué es el pisco? ¿una bebida embriagadora? Pues sí. Como el tequila, chico.

Publicado 7 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Chile

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