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WANTED in Ratanakiri   10 comments

A continuación hemos traducido para vosotros un artículo del prestigioso diario camboyano “Cambodia rimes with Onion”, que por su importancia y gravedad puede resultaros útil si visitáis este país.

“Ciudad de Ban Lung, provincia de Ratanakiri, 22 de enero de 2011.

El glorioso ejército de Camboya ha alertado acerca de la creciente actividad de una peligrosa banda de jóvenes ladrones que se dedica a sembrar el pánico allá dónde actúan.

Sus golpes, calculados al milímetro, siembran el pánico y el desconcierto entre los turistas más empanados, el objetivo favorito de esta temible banda. Los malhechores suelen actuar en las inmediaciones del famoso Yeak Lom, un impresionante lago dentro de un cráter volcánico y rodeado de espesa vegetación. Se encuentra localizado muy cerca del pueblo de Ban Lung, en la provincia de Ratanakiri, y es un verdadero imán para los turistas que se creen Cristóbal Colón y no pasarían ni el primer casting de la Isla de los Famosos.

Su última víctima, un tipejo que asegura llamarse Álvaro (aunque ni él mismo parece estar seguro de ello) hizo las siguientes declaraciones ante las autoridades competentes:

Fue todo muy rápido. Eran muy listos y me superaban en edad: entre los 4 sumaban por lo menos 27 años. Nunca me di cuenta de lo que pasaba. Primero se acercaron y jugaron con Rafa, mi colega, mientras nadaba en el lago (ver foto ilustrativa).

Luego vinieron donde estaba yo y me distrajeron con sus artimañas. Los niños se fueron y, al cabo de un rato, me di cuenta de que mi móvil había desaparecido. Un misterio. Al darme cuenta, corrí a avisar a alguien. El único que me hizo caso fue un guardabosques que andaba por allí y que se montó en su moto dejándome con la palabra en la boca. -sollozos- Al rato volvió con el móvil, que dijo haber recuperado con métodos expeditivos. Imagino que a base de capones. Sin embargo la tarjeta SIM ya no estaba. Intenté llamar para cancelar la tarjeta pero, claro, sin la SIM está complicado. Luego me desmayé.

Foto de la víctima:

El colega de la víctima, Rafa, declaró lo siguiente:

Después de que se fueran los niños yo me fui a nadar al lago. De repente vi a Álvaro agitar los brazos a lo lejos y rebuscar en nuestras mochilas, así que nadé hacia él y me contó una película bastante tonta. Lo cierto es que no me extraña nada de lo sucedido: en lo que llevamos de viaje ya ha perdido un disco duro, dos pen drives, dos bufandas, mi impermeable y una de sus lentillas. Yo creo que lo de los niños es una excusa, se le ha caído el móvil al agua y no lo quiere reconocer. La historia del guardabosques no se sostiene.

A pesar de las duras declaraciones de su compañero, el guardabosques corrobora la versión de Álvaro:

-Vino el tal Álvaro a contarme algo. Yo no hablo su idioma, el chico no paraba de gesticular y me empezó a poner nervioso. Cuando me enseñó unas fotos que les habían hecho a los malhechores lo vi todo claro y no tuve dudas. No es la primera vez que estos bribones actúan. Son muy peligrosos, pero el deber es el deber y recuperé el móvil tras una dura persecución. Me imagino que antes de que les diese alcance tirarían la tarjeta SIM al bosque para ocultar las pruebas. Modestamente, creo que soy un héroe ¿Cuándo se publica esta entrevista?

Las autoridades camboyanas han ofrecido una cuantiosa recompensa por la captura de la banda al completo. Parecen muy malvados y perversos, sólo hay que verles las caras:

Éste parece ser su líder:

Desde este periódico recomendamos extremada cautela para los caza-recompensas que acepten el reto de capturar a estos genios del mal. No profesionales, abstenerse.”

Próximamente, tubing, tubing, tubing.

Publicado 25 febrero, 2011 por encualquierotraparte en Camboya

En la remota provincia de Ratanakiri (22-27/01/2011)   8 comments

Tras un breve periodo en el que, además de tomar temporalmente CAMINOS diferentes (tampoco teníamos demasiadas ganas de escribir, todo sea dicho), retomamos el blog con renovadas energías.

Energías de las que andábamos algo escasos cuando por fin conseguimos llegar a la provincia más septentrional de Camboya: la selvática Ratanakiri.

Avisados del lamentable estado de las carreteras que conducen hacia el norte del país, decidimos viajar durante el día en lugar de por la noche, como venía siendo nuestra costumbre. Hemos de admitir que otros condicionantes externos influyeron en nuestra decisión:

1)    El único bus nocturno que habíamos tomado en Camboya nos dejó tirados en una estación perdida en medio de la nada a las 4:00 de la mañana. La hora prevista de llegada eran las 6:00 am.

2)    Sólo hay un bus que lleva de Phnom Penh a Ratanakiri y es diurno. Jaque mate.

En cualquier caso, viajar durante el día nos permitió admirar un fenómeno que, como los eclipses de luna, sólo se produce una vez cada muchos años: ¡¡nuestro autobús, la carretera y Rafa iban a juego!!

Como íbamos diciendo, tras muchas horas de baches, curvas y no pocos mareos, finalmente llegamos a nuestro destino, el hotel en lo alto de esta colina:

La Lonely Planet cuenta que Ratanakiri destaca por su riqueza natural. Por lo visto, el mejor lugar para admirar dicha riqueza es el cercano Parque Nacional de Virachey.

-“Si contratas excursiones para visitar el parque –continúa diciendo la guía– hazlo directamente con los guardabosques oficiales. Si por el contrario contratas con los hoteles, corres el riesgo de que te lleven a dar un simple paseo por el ralo bosquecillo de alrededor del parque”.

Por algún extraño motivo, asumimos que el estar en lo alto de una montaña le otorgaba cierta credibilidad a nuestro hotel, así que, incautos pardillos de nosotros, contratamos la excursión que nos ofrecieron (quizá fuese que nos dio pereza bajar a buscar guardabosques por ahí: ¿Cómo es un guardabosques? ¿Dónde habita? ¿Cuáles son sus costumbres? Demasiadas preguntas…).

Nuestro grupo de alegres expedicionarios estaba compuesto por Klaus, un alemán hippy de 70 años que había dejado a su mujer en Alemania y se había venido él solo a visitar el sudeste asiático, ______, una madre soltera ecuatoriana de nacionalidad canadiense, y dos tipos sospechosos que se hacían llamar Rafa y Álvaro.

Ya la cosa empezó mal. El primer tramo del camino, hasta un río a 43 km. de distancia, lo tuvimos que hacer en 4 motos, cada una con su respectivo conductor y cargada con bártulos de acampada. Al poco de partir y justo delante de nosotros, una motorista camboyana se metió un leñazo de escándalo contra una rotonda, partiéndose de forma inequívoca, y poco agradable, la tibia y el peroné. A nosotros todavía nos quedaban 40 km. por recorrer. Tranquilizador…

Por el camino comimos polvo como campeones. ¿Hemos mencionado que la tierra en Ratanakiri es roja?

Cuando por fin llegamos al río, nos subieron en esta estrecha barquichuela a motor. Con ella remontamos un afluente del Mekong hasta llegar el poblado desde donde comenzaba la expedición. Observad que Rafa opinaba que para qué lavarse la cara: el rojo-tierra favorece. De hecho nos recuerda a aquellas toallitas exageradamente broceadoras que se pusieron de moda hace unos años. En aquellos tiempos Madrid parecía invadida por las increíbles mujeres de color naranja (aunque no pocos hombres también las usaban).

El pueblo ribereño al que nos llevaron resultó ser muy genuino. La vida era totalmente rural y no costaba darse cuenta de cómo la vida diaria se articulaba totalmente en torno al río: las mercancías y las personas llegaban y partían desde el improvisado puerto, las mujeres lavaban sus cosas, los niños jugaban, los hombres vagueaban dándose un chapuzón…

Nosotros, ya que estábamos, también nos remojamos un poco. El señor con una trenza en la barba es Klaus, el alemán hippy de nuestro grupo de intrépidos boy scouts.

La expedición consistió en un día de marcha a través de lo que debería haber sido la selva y que, sin embargo, transcurrió casi totalmente por terrenos cultivados. Muy bonitos, pero de selva tenían más bien poco.

Más tarde nos adentramos un poco en la espesura, pero había tantos árboles que no nos dejaron ver el bosque…  Finalmente llegamos al cauce de un río y acampamos junto a una cascada. Era temporada seca y la pobre andaba algo poco escasa de potencia, aunque eso no evitó que nos diésemos otro baño junto a ella.

Nos acompañaban dos guías encargados de que no nos perdiéramos por el bosque, así como de montar las hamacas y cocinar. Su repertorio culinario resultó ser algo pobre. Nos pasamos tres días comiendo arroz (mucho) con carne (cuando había suerte) o, la variante para el desayuno, grasientos noodles precocinados.

En la noche que pasamos a orillas de la cascada alguien se sacó de la manga una botella de whisky de arroz artesano. Uno de nuestros guías aprovechó para vernirse arriba y empezó a contar absurdas historias sobre anacondas gigantes casadas con personas o alguna cosa similar. Rafa parecía escucharle con atención.

Al día siguiente levantamos el campamento (es un decir, nuestra aportación se limitó a una queja lastimera sobre lo mal que se duerme en una hamaca) y volvimos al pueblo de partida por otro camino diferente. Al principio la cosa prometía más, la vegetación era algo más frondosa y el guía daba algún que otro machetazo para abrirse paso, pero pronto la espesura dejó paso a las tierras cultivadas y a alguna que otro búfalo que pacía tranquilamente.

Pronto llegamos al pueblo dónde nos dejó la barca el primer día. Allí estuvimos mareando la perdiz hasta que anocheció y nos metimos en la casa donde después pasaríamos la noche:

En el poblado no había electricidad, así que tuvimos que alumbrarnos con velas. Antes de dormir compartimos otro tipo de vino de arroz con la gente de la casa. En este caso era un poco distinto, ya que la costumbre local consistía en beber por turnos de una jarra gigante compartiendo todos la misma pajita. Así desapareció la civilización maya, no digo más…

Al día siguiente nos despertamos y, tras desayunar los consabidos noodles, insípidos e instantáneos, el guía nos llevó a dar una insustancial vuelta por el pueblito.

Después de marearnos arriba y abajo durante un par de horas, nuestro amado guía pretendió que nos parásemos para comer a las 10 de la mañana, ¡tras haber desayunado dos horas antes!

Entre que nos sentíamos un poco estafados porque estábamos perdiendo el tiempo de manera descarada, que no habíamos estado apenas en la selva y que andábamos ya un poco quemados de las estupideces que nos contaba el tipejo, decidimos volver al hostal y montar un poco el pollo.

Al final el tipo del hotel se disculpó y nos ofreció 3 opciones: a) devolvernos parte del dinero que nos había costado la excursión, b) comprar nuestro silencio con cerveza o c) organizarnos otra excursión al día siguiente. De coña. Muy dignamente elegimos la opción a), aunque al final nos lo gastamos en b). Triste pero cierto.

Moraleja del cuento: no hacer caso a los consejos de la Lonely Planet puede conducir a tomar cerveza cuando en realidad lo que quieres es andar. O algo así.

Próximamente, de peligrosos ladrones de móviles en Camboya. O igual la cosa irá ya sobre Laos, ya veremos.

Publicado 22 febrero, 2011 por encualquierotraparte en Camboya

Angkor… what? (17-20/01/2011)   7 comments

Hace no muchas noches, en una conversación de bar cualquiera, salió a relucir el tema de cuáles son, o cuáles deberían ser, las 7 maravillas del mundo moderno.

No sé si lo sabréis, pero en el año 2007 se organizó una votación popular masiva a través de Internet por la que se pretendió decidir qué monumentos debían formar parte de esta selecta lista (al que le interese, que vea este enlace). El resultado fue, cuanto menos, polémico…

Qué curioso… -comentó alguien- ¿No tendrá algo que ver el que haya 1.300.000.000 de chinos con la elección de la Gran Muralla?

– ¡Si, no como los mil millones de indios votando todos a la vez a favor del Taj Mahal! -exclamó otro-.

¡Tooooongo! ¡Tooooongo!

A continuación, la conversación degeneró un poco y cada uno de los contertulios se puso a hacer patria y a defender el monumento que consideró más oportuno (lo sentimos, pero por mucho que algunos se empeñen, la Sirenita de Copenhague no puede compararse con la Torre Eiffel). Nosotros, por supuesto, insistimos en la injusticia que suponía el que la Alhambra de Granada hubiese sido excluida de la lista y figurase únicamente en el puesto número 13. Pero bueno, esa es otra historia.

El caso es que justo después de la Alhambra, en el puesto número 14, figura un lugar que hasta hace no mucho no nos era demasiado familiar… El espectacular templo de Angkor Wat, alma y corazón de Camboya.

Como os vamos a demostrar a continuación, Angkor Wat no se ha colado en la lista por casualidad. Tampoco parece probable que los 14 millones de habitantes que tiene Camboya se pusieran compulsivamente a votar online a favor de sus templos. Algo tendrán, ¿no?…

Angkor es un inmenso y espectacular complejo de 200 Km. cuadrados que, en el siglo XII, constituía el epicentro político, religioso y social del poderoso imperio Khemer, uno de los mayores del sudeste asiático. Para que os hagáis una idea, mientras que en esa época vivían en Angkor más de 1.000.000 personas, la ciudad de Londres apenas contaba con 50.000 habitantes.

Por supuesto, todo eso pasó y de aquella época “únicamente” quedan unas pocas decenas de impresionantes templos, conservados y ocultos en la selva durante siglos. No fue hasta mediados del siglo XIX cuando fueron descubiertos por un explorador francés de cuyo nombre no logro acordarme. Imaginaos la cara del tipo: después de abrirse paso a machetazos a través de la selva, va y se encuentra en medio de la salvaje vegetación con construcciones como éstas. Indiana Jones a su lado, un aficionado.

De todos los templos, el mejor conservado y más famoso es Angkor Wat (el que figura en la polémica lista que mencionamos antes), una gigantesca y majestuosa construcción decorada con relieves de escenas míticas, dioses, batallas y cosas por el estilo. Está rodeado por un foso de 1,5 Km. de largo que haría palidecer a cualquier castillo medieval europeo…

Dentro de Angkor Wat, a la sombra, aprovechamos para descansar un rato de tanto templo, tanta estupa y tanto relieve:

A pesar de todo, no fue Angkor Wat el templo que más nos impresionó. Para nosotros el mejor es Bayon, una especie de montaña construida con grandes bloques de piedra, lleno de intrincadas escaleras, pasadizos secretos y cabezas gigantes esculpidas.

Según parece, en uno de los templos de Angkor se rodó parte de la primera película de Tomb Raider. Eso quiere decir que Angelina Jolie estuvo aquí. Bravo.

Nosotros hicimos un amago de cortometraje para el blog, corriendo de un lado del templo a otro y tarareando la melodía de Indiana Jones y el Templo Maldito. Las generaciones futuras agradecerán que el proyecto finalmente no haya visto la luz.

Angkor es tan grande que no se puede recorrer andando. El primer día alquilamos un tuk – tuk. El conductor venía de serie. Al día siguiente decidimos ir en bici, que es más cool, más saludable y, sobre todo, más barato. Aunque nos topamos con duros obstáculos que tuvimos que superar bici en mano:

Angkor está masificado, es cierto. Aunque eso nos dio la oportunidad de descubrir que los monjes budistas no sólo se dedican a rezar y a vestirse de naranja, sino que también hacen turismo…

No sabemos si Angkor merece entrar en la lista de maravillas del mundo moderno o no. Lo que sí sabemos es que, si alguna vez pasáis por Camboya, no os lo podéis perder. Además, en Siem Reap, el pueblo donde probablemente os quedaréis a dormir si finalmente decidís visitar los templos, existe una mítica calle llamada “Pub Street”.  Desarrollo sostenible, lo llaman…

Próximamente, un trekking selvático (o eso es lo que creíamos) en el norte de Camboya. No os lo perdáis.

Publicado 14 febrero, 2011 por encualquierotraparte en Camboya

Pol Pot y el genocidio camboyano   15 comments

Al pasear por Phnom Penh te invade una sensación extraña. Puede que al principio ni siquiera te enteres, es algo sutil, pero algo le ocurre a la ciudad. No le das mucha importancia, piensas que al turista occidental Asia siempre le choca y le resulta diferente. Demasiadas horas de autobús, piensas, será cuestión de dormir y de acostumbrarse.

Hasta que el dueño de nuestro hostal nos lo mencionó, no nos dimos cuenta. Pero es cierto: apenas se ven personas que hayan pasado la frontera de los 50 años. Tiendas, hoteles, panaderías, restaurantes, policía, monjes, conductores de autobús, barqueros… Nadie. El tiempo parece haberse detenido para los habitantes de la capital camboyana, que parecen vivir en una especie de país de nunca jamás.

La situación se repite a lo largo y ancho del país. A diferencia de lo que sucede en Tailandia, Laos o incluso en Vietnam, los jóvenes parecen ser los únicos dueños de las calles y de la vida pública de Camboya.

¿Qué es lo que ocurre en Camboya?

Para responder a esta pregunta hace falta echar la vista atrás unos cuantos años. En concreto, hasta la época de la mil veces llevada al cine guerra de Vietnam.

No vamos a entrar demasiado en los pormenores de dicha guerra, baste decir que Camboya sufrió en sus propias carnes los bombardeos americanos por su supuesta colaboración con el Vietcong. Simplificando mucho, cuanto mayor era la animadversión que los camboyanos sentían hacia los americanos, mayor era la simpatía que se despertaba hacia un grupo de ideología comunista que se hacía llamar “Khemeres Rojos”. Pol Pot, un iluminado al estilo Stalin o Hitler, era su líder supremo.

En cuanto los estadounidenses se retiraron de Camboya, los Khemeres Rojos no tardaron en ocupar las principales ciudades del país.

Sin embargo, lo que en un principio fue motivo de alegría y una esperanza de paz después de la prolongada guerra, no tardó en convertirse en una pesadilla. Los Khemeres Rojos despreciaban todo lo que oliera a occidental y consideraban a los habitantes de las ciudades como la clase opresora de la que había que deshacerse. El poder radicaba en el pueblo y el pueblo verdadero se encontraba en el campo.

En poco tiempo, los Khemeres Rojos abolieron el dinero, cerraron escuelas y universidades, expulsaron a los diplomáticos y comerciantes extranjeros… Y lo más radical, de la noche a la mañana obligaron a TODA la población urbana a desalojar las ciudades para trabajar en el campo.

Por otro lado, la paranoia inherente a cualquier régimen totalitario condujo a que los opositores del régimen, tanto reales como ficticios, fueran sistemáticamente trasladados a cárceles y a campos de concentración para ser interrogados y torturados hasta la muerte.

La cárcel más famosa se encuentra en la propia Phnom Penh. Se trata de Tuol Sleng, un antiguo colegio cuyo nombre en clave en tiempos del régimen fue S-21. Se sabe con certeza que, de los 20.000 presos que entraron allí, únicamente 7 sobrevivieron. Hoy es un museo del genocidio.

El reglamento de la cárcel, expuesto hoy como parte del museo, es escalofriante:

Las condiciones de vida eran tan duras y la desesperación de los presos era tal, que los pasillos del edificio se forraron con alambre de espino para evitar que los prisioneros se suicidaran tirándose desde los balcones:

Pronto, no sólo los opositores directos del régimen fueron objetivo de los Khemeres Rojos. Extranjeros, médicos, ingenieros, arquitectos, abogados, intelectuales… Uno se convertía en sospechoso por llevar gafas, tener un título universitario o no tener callos en las manos al no trabajar el campo. Todos ellos empezaron a ser “cazados” y asesinados por el régimen.

La aniquilación de los no afines al régimen se intensificó con el tiempo. Cuando los Khemeres Rojos fueron derrocados en 1979, se encontraron numerosos campos de concentración y miles de muertos enterrados en fosas comunes.

Como éste, a 17 km. de Phnom Penh y hoy convertido también en museo:

No sólo mataban adultos. Según nos explicaron, no dudaban en quitar la vida a niños o ancianos. Incluso los recién nacidos, hijos de los “enemigos del régimen”, eran golpeados contra árboles hasta morir:

Como homenaje a los fallecidos, se ha erigido en medio del campo de concentración una pagoda conmemorativa. En ella se pueden encontrar 5.000 cráneos humanos de algunas de las víctimas enterradas en las fosas comunes colindantes.

En los 4 años que duró el régimen khemer se calcula que, de una población inicial de 7,5 millones de personas, 700.000 personas murieron por enfermedades y malnutrición, cerca de 600.000 personas fueron ejecutadas y otras 600.000, simplemente… desaparecieron sin dejar rastro. Esto es, el 25% de la población camboyana fue exterminada entre 1975 y 1979.

Y recordemos, todo esta locura sucedió apenas 35 años atrás. Un puñado de locos persiguiendo un absurdo ideal comunista irrealizable que pretendía devolver Camboya a la prehistoria a través de una ruralización radical de la sociedad. Lo único que consiguieron fue empobrecer y minar el desarrollo del país, destruyendo sus infraestructuras básicas y aniquilando por el camino a una cuarta parte de su población.

Poco a poco el país se va recuperando, pero quizá eso explique por qué apenas se ven personas mayores de 50 años en Camboya…

Pol Pot murió en 1998 sin haber sido ser juzgado. Sin embargo, en la última década, la ONU y el Reino de Camboya han constituido un Tribunal Penal mixto que pretende juzgar a los miembros del régimen que aún siguen con vida.

 

Próximamente, la cosa (más alegre) irá de grandiosos templos en medio de la jungla camboyana.

Publicado 10 febrero, 2011 por encualquierotraparte en Camboya

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