Mato Grosso do Sul   2 comments

Barajamos varias opciones para titular este post: “Entrando en Brasil”, Al acecho de la capibara esquiva” o “Mamá, los caimanes no me dejan dormir”. Finalmente, decidimos optar por lo simple y utilizar el nombre del estado por el que entramos al país: Mato Grosso do Sul. Bonito, ¿eh? El portugués suena tan bien… Si una catapulta gigante nos hubiese lanzado al azar a cualquier otro territorio brasileiro, creo que también hubiéramos utilizado lugar de aterrizaje como título: Minas Gerais, Maranhão, Pernambuco, Rio de Janeiro… Música pura. Una lástima que hayamos quemado el recurso para el próximo post (Cataratas de Iguazú: hubiera quedado redondo en boca, como un buen vino).

En fin, señoras y caballeros, el hecho es que finalmente conseguimos dejar atrás la ineficiente y desesperante Bolivia para adentrarnos en uno de los destinos más prometedores y esperados del viaje: ¡Braziuuuuuu!

Acompañemos a la palabra Brasil de imágenes con extensos territorios de vegetación exuberante, mosquitos portadores de fiebre amarilla, caimanes silenciosos, pirañas carnívoras y, sobre todo, de agua, agua y más agua: Probablemente, lo primero que os venga a la cabeza será la selva del Amazonas. Si es así, habréis acertado. Un pin para vosotros.

Sin embargo, ese día no tocaba ir al Amazonas. Nuestro destino fue el menos conocido Pantanal del Mato Grosso. Igual os suenan los Everglades de Miami, Florida: un humedal lleno de caimanes en el que Dexter se dedicaba a hacer desaparecer cadáveres y donde el medio de transporte más popular es una colchoneta hinchable conectada a un ventilador industrial, dirigida por un tipo sentado en una silla de árbitro de tenis. Pues el Pantanal es más o menos lo mismo pero 13 veces más grande y sin lanchas supersónicas hiperventiladas.

Contratamos una visita de 3 días con un señor de pinta extraña que merodeaba por nuestro hostal de la ciudad fronteriza de Corumbá. Nos intentaron hacer el lío una media de 7 veces por día, pero extrañamente al final todo salió más o menos bien.

Nuestro campamento base se encontraba en un poblado de nombre molón: “Buraco das Piranhas” (podéis repetirlo en voz alta, a ver si os gusta tanto como a nosotros: Buraco das Piranhas, Buraco das Piranhas, Buraco das Piranhas… no nos cansamos). El plan consistió básicamente en estar ahí tirados como hipopótamos comunes hasta que a los encargados del lugar les daba por salir de excursión por los alrededores a ver bichos.

El primer día, al caer la noche, nos pasearon río abajo metidos en una canoa metálica. Nuestro guía reunía las características básicas que se pueden esperar de un morador de los humedales brasileiros: modales hoscos + pinta de Cocodrilo Dundee en rebajas. Eso sí, de repente el tipo dirigía el haz de luz de su linterna hacia un punto de la orilla, murmuraba -“alligator”- y acto seguido escuchábamos un chapoteo acompañando a dos puntos rojos brillantes sumergiéndose en el agua oscura. El tío era un hacha.

Aprovechando que no había demasiada luz, cuando no había cocodrilos que ver/intuir (el 99% del tiempo) nos dedicábamos a contemplar las estrellas. Debían de estar de reformas allí arriba porque ninguna estaba en su sitio habitual. La osa mayor boca abajo, el rabito de la osa menor en el lado contrario, la Cruz del Sur y la constelación de Escorpio como novedades estelares…

Los días siguientes nos dedicamos a dar más vueltas en canoa motorizada para ver animalitos variados, esta vez con luz:

Por ejemplo, capibaras, unos roedores gigantes que según la RAE en español se llaman carpinchos (yo no me fiaría mucho):

O caimanes tomando el sol:

Aves había para aburrir, aunque no debemos tener alma de ornitólogos porque eran los animales que menos nos emocionaba ver. Decir: “¡Oh, una cigüeña!” no es lo mismo que decir “Oh, un jaguar”.

Otro día nos pasamos la tarde pescando pirañas. Rafa es de esos que se aferran a la estadística porque, según ella, cada uno de nosotros pescó 2 pirañas y media. A Álvaro le van más las identidades matemáticas del tipo 5 + 0 = 5.

Lo de pescar pirañas no lo vimos demasiado claro. Aparte de que después de freírlas no queda casi carne y casi todo son espinas, las 5 que sacamos pesaban alrededor de 1 kg en total. Para pescarlas utilizamos del orden de 3 kg de carne de vaca. Mal negocio.

Próximamente, entre Brasil, Paraguay y Argentina: ¡Ozú con Iguazú!

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Publicado 7 julio, 2011 por encualquierotraparte en Brasil

2 Respuestas a “Mato Grosso do Sul

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  1. ¡Que pena que queden pocos reportajes por recibir! Son muy interesantes y hemos podido dar una vuelta por el mundo con vosotros… Si os dais más paseos por cualquierotraparte, seguid contándonos cosas, porfa. ¿Vamos va ver más bichos? Aunque los roedores tienen un aspecto de pesadilla… Pero los alligator y otros que nos enseñéis, son fantásticos.
    Besos.

  2. Fantásticas imágenes…cuidense y continuad con este interesante y creativo blog. Buen trabajo!

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