Archivo para junio 2011

Las Misiones Jesuíticas Chiquitanas (21-26/05/2011)   3 comments

La mayoría de los turistas que viajan a Bolivia no salen del Altiplano. Hagamos aquí un inciso para comentar que nosotros, al comenzar nuestro periplo, nos veíamos a nosotros mismos como viajeros y no como simples turistas. Después de que nos la hayan colado tropecientas mil veces en todos los países, no tenemos ningún inconveniente en reconocer lo que somos: turistas, y a mucha honra.

Decíamos que quienes van a Bolivia están contentos con los géiseres, desiertos, volcanes y demás formaciones que se encuentran en las alturas. Pocos se aventuran a descender a las tierras bajas del oriente. Nosotros teníamos pensado cruzar esta zona en tren rumbo al siguiente país, pero se nos ocurrió que, dando un rodeo de unos 450 kilómetros, podíamos visitar la región conocida como Chiquitania. ¿Por qué no?

Este nombre se lo dieron los primeros españoles que se instalaron en el territorio. Encontraron a unas tribus que vivían en chozas con aberturas diminutas para protegerse de los depredadores. Los españoles pensaron que, con esas puertas, los habitantes debían de ser muy chiquitos.

Estos primeros colonizadores eran jesuitas cuyo propósito era fundar Misiones (pueblos) desde los que cristianizar a las gentes del Nuevo Mundo. Llegaron a Chiquitania a finales del siglo XVII, después de hacer lo propio en zonas de las actuales Argentina, Paraguay y Brasil.

El objetivo era realizar la utopía denominada “Ciudad de Dios” en la tierra, es decir, evangelizar de forma pacífica integrando elementos de las tradiciones locales con otros propios del cristianismo. Crearon así una cultura única que ha cambiado poco en los últimos 200 años.

Se valieron sobre todo de la música. Hoy es frecuente ver ensayos de coros y conciertos de música renacentista y barroca al visitar las iglesias chiquitanas.

Pero lo más impresionante de estas Misiones no es su música, sino su arquitectura. Las iglesias están construidas en madera y decoradas parcialmente con motivos indígenas.

En los años 70 se llevó a cabo una completa renovación de estas iglesias. Aunque lo han dejado todo muy bonito, los críticos señalan que la restauración no ha sido completamente fiel a las pinturas originales. Lo cierto es que, si son originales, se puede afirmar que estos jesuitas fueron unos auténticos visionarios.

Aquí podemos apreciar una “famosísima” escena bíblica: Cristo contemplando desde debajo de la Cruz cómo los cazadores, gracias a sus rifles, capturan jaguares y osos típicos de Judea.

Este otro cuadro muestra a Cristo camino del Calvario mientras un cowboy, pistola en cinto, le fustiga sin piedad.

Esta escena corresponde a Cristo preparándose para la crucifixión mientras los “romanos”, ya que se han puesto en marcha, aprovechan para serrar unos arbolitos y cargar los troncos en camiones.

Así, leída, la verdad es que la historia mola. Pero luego ir allí no mola tanto. En el último post ya os contamos que en Bolivia nada funciona. Pues bien, si eso era así en las principales ciudades, imaginad en estas áreas rurales. Nuestra principal preocupación del día consistía en comprar un billete de autobús que nos llevara al siguiente pueblo. Parece fácil, pero para ello se requiere que:

1) El vendedor se encuentre físicamente en la tienda.

2) Entienda lo que quieres y sepa si su autobús va a tu destino.

3) Tengas el dinero exacto (nunca tienen cambio ni van a hacer el más mínimo esfuerzo por conseguirlo, así que, cuando sepas el precio, has de salir a buscar otra tienda y comprarle algo para que te den cambio, pero en las tiendas nunca están los vendedores y además no suelen tener cambio…).

Para hacer estas gestiones había que recorrer muchos kilómetros yendo y viniendo de agencia en agencia, y es que estos pueblos están construidos siguiendo los ideales de los filósofos del siglo XVI: casitas de una planta con patios y jardines que ocupan toda una manzana. Así, los pueblos, de chiquitos, no tienen nada.

Al final del recorrido, a veces, acabábamos igualmente sin billete y tocaba quedarse en la calle principal y esperar a ver si pasaba un autobús.

Lo bueno de tanta caminata es que bajabas rápido la sabrosa comida local.

Total, que tardamos 5 días en recorrer los dichosos 450 kilómetros.

Lo que le permite a esta zona desarrollarse y preservar su inmenso legado cultural es la presencia de incontables agencias de cooperación internacionales.

Lo que nos quedó clarísimo es que aquí se toman la vida de forma relajada. Todas las tardes, absolutamente todas, salía la gente a “tomar la fresca”, cenar, beber y bailar.

Nos vamos de Bolivia con un sabor ligeramente agridulce. Por un lado, nos ha encantado su legado artístico y sus paisajes de película. Pero, por otro, hemos acabado muy cansados de perder el tiempo andando de aquí para allá intentando hacer cosas simples como llamar por teléfono o subir a un autobús, por no hablar de conductores informales y otras cosas.

Así que se necesitan 2 cosas fundamentales si se quiere viajar por Bolivia: una buena cámara de fotos e infinita paciencia.

El próximo país, como que nos da más buen rollo.

Próximamente, o país dos pentacampeões.

Publicado 26 junio, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

La Bolivia colonial (12-20/05/2011)   4 comments

Contábamos en el último post cómo las inmensas riquezas de las minas de Potosí nunca han llegado a los sufridos mineros. Adonde sí han ido llegando es a las gentes instaladas en el casco histórico de la ciudad, como prueban sus iglesias, balcones y palacios de distintos colores, siempre tutelados por el Cerro Rico.

Desgraciadamente, no todo el mundo es capaz de apreciar los encantos de la arquitectura barroca.

Además de por Potosí, el dinero de las minas fluyó por otros lugares de Bolivia y, durante el periodo colonial español, se levantaron urbes  como Sucre.

Esta ciudad, enteramente blanca, le hace a uno pensar que está en Andalucía.

Al llegar a cualquiera de estos sitios, la cosa pinta bien: edificios elegantes y bien cuidados, ambiente por todas partes, vida cultural… pero, amigos, esto es Bolivia y aquí nada es lo que parece: en este país nada funciona.

La publicidad de los hoteles suele incluir detalles como agua caliente o internet. Por algún extraño azar, estos servicios  siempre estaban estropeados aquellos días en que decidíamos alojarnos en los diversos hoteles. Al principio no tienes más remedio que creerte sus milongas, claro. Sin embargo, cuando te dicen que tu ducha se ha estropeado, te cambias de habitación y de la otra también sale sólo agua fría, empiezas a sospechar. No es que te estén intentando engañar, es que nada funciona en este país.

Otro ejemplo: los locutorios. En Potosí, Sucre o Santa Cruz, los encuentras en cada esquina. En los 10 días que pasamos allí, ambos intentamos llamar a España de vez en cuando. Entre los 2 conseguimos hacer 5 llamadas. 2 de ellas se cortaron a mitad de conversación. Por lo menos 1 nunca pasó el filtro de la operadora. Las excusas iban desde  “este horario es malo para llamar a España” hasta “hace mucho frío y las antenas de comunicaciones sufren”.

A veces tenía su gracia el hecho de que todo estuviera anticuado. Fuimos a un cine con la pantalla desenfocada y donde sonido se mezclaba con el de la sala de al lado. A mitad de película, cortaron la emisión y salió la dueña a contar pedirnos unos minutos de paciencia porque tenían que cambiar la cinta. Berlanga no lo hubiera hecho mejor.

Con tantos problemas, nos dedicamos a lo que mejor sabemos hacer: zampar. Así descubrimos que los mejores lugares para comer son los mercados centrales, donde siempre hay puestecitos que sirven los platos más populares. Auqnue tampoco nos cortamos de ir a restaurantes de nivel en los que los platos más elaborados no pasaban de… 5 euros.

También sirven zumos naturales tirados de precio, como en Oriente Medio, tal y como os contábamos hace ya 8 meses (cómo pasa el tiempo…).

Nos imaginamos que conoceréis, aunque sea por pelis, la vestimenta típica del altiplano. Ponchos de colores, manoplas de lana de alpaca, sombreros puntiagudos para las mujeres… Un poco hortera, pero muy alegre y calentito.

En este mercado, además de las viandas habituales, compramos una tarjeta de teléfono para el móvil. Nunca logramos que funcionara.

A veces, mientras andas por la ciudad mirando recovecos y entrando en los infinitos patios interiores de este país, te encuentras sorpresas, como este ensayo para una especie de competición escolar de castellers.

O ves que te permiten pasear por los tejados de un colegio.

En definitiva, todo muy bonito y un estilo de vida bastante similar al que estamos acostumbrados en España, pero no hay que olvidar que estamos en el Altiplano Andino, con sus más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.

Próximamente, de Misión en Misión por el oriente boliviano.

Publicado 17 junio, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

Las minas de Potosí (13/5/2011)   8 comments

Año 1545: Un pastor quechua llamado Diego Huallpa se perdió mientras conducía a su rebaño de llamas de pasto en pasto. Al caer la noche, muerto de frío, encendió una gran fogata a los pies de la montaña conocida hoy como Cerro Rico. Al levantarse a la mañana siguiente descubrió unos hilillos que brillaban entre los restos de la hoguera. Estos hilillos no eran otra cosa que filamentos de plata que había sido fundida por las llamas. Había tanta plata en esa montaña que las vetas alcanzaban la superficie. Unos días después, un grupo de españoles confirmó el hallazgo del pastor y fundaron un poblado para explotarlo. Llamaron a este poblado Potosí.

Esta bonita historia que narra los orígenes de las minas de Potosí nunca pudo haber ocurrido, ya que un fuego preparado por una persona para calentarse no puede alcanzar ni de lejos los 961 grados necesarios para fundir la plata.

Leyenda o realidad, lo cierto es que las minas de Potosí se vienen explotando desde hace más de 4 siglos. Tras tanto tiempo de extraer plata, zinc y estaño de las entrañas de la tierra, la exuberante riqueza de antaño prácticamente se ha agotado. La que aún queda resulta tan difícil de extraer que casi no compensa hacerlo y las grandes empresas mineras hace ya mucho tiempo que abandonaron el lugar buscando yacimientos más rentables.

Sin embargo, el Cerro Rico de Potosí sigue siendo un poderoso imán para innumerables bolivianos que sueñan con encontrar la VETA DE PLATA con la que hacerse ricos de la noche a la mañana. Las empresas tradicionales han sido sustituidas por cooperativas de mineros donde las más básicas medidas de seguridad son un lujo innecesario. Unos pocos privilegiados consiguen retirarse a tiempo con los bolsillos llenos, pero la mayoría encuentra una muerte prematura por la inhalación continuada de polvo o, en el peor de los casos, por explosiones mal calculadas, gases tóxicos o derrumbes. Algunas fuentes calculan que, desde el siglo XVI, han muerto en la explotación de la mina unas 8 millones de personas. Con razón se conoce al imponente Cerro Rico como “la montaña que come hombres”.

Ante este panorama, decidimos visitar el interior de la mina con Carlos, un experimentado minero de la zona que había decidido retirarse a tiempo del oficio y dedicarse a guiar a los turistas en su recorrido por las entrañas de la tierra.

Tras pertrecharnos debidamente, cogimos un bus local y nos dirigimos hacia lo alto del Cerro Rico, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.

Nuestra primera parada fue el mercado minero, donde compramos algunos “regalos” con los que romper el hielo con los trabajadores que nos encontrásemos dentro: alcohol 96º, soda para mezclar (y hacerse cubatas, como luego comprobaríamos), dinamita, cigarros y hojas de coca.

Antes de penetrar en la mina, Carlos nos advirtió sobre las medidas de seguridad más importantes a seguir dentro: ante todo, nada de mentar a Jesucristo, a la Virgen ni a Dios. La superstición dicta que allí habita y reina el TIO, una especie de deidad maléfica que se lleva a matar con el “flaco de arriba”.

Cada vez que nos encontrábamos con una estatua del TIO (al menos vimos 5 allí abajo), Carlos realizaba el mismo ritual. Sacaba su inmensa bolsa de hojas de coca (de la que además daba buena cuenta metiéndose en la boca inmensos puñados a cada rato, que mascaba como si le fuera la vida en ello) y los esparcía sobre la estatua. Después le encendía un cigarro en un agujero que hacía las veces de boca y terminaba sirviéndonos a cada uno un chupito de alcohol 96º que debíamos compartir también con el TIO echándole parte por encima.

Es muy importante satisfacer al TIO: si está disgustado, tiene a su alcance mil formas para llevarse tu vida por delante. Si está feliz, te permitirá alcanzar el sueño de encontrar una veta de mineral puro que te “convierta en millonario”.

Tras recorrer varios cientos de metros de angostos pasadizos, subiendo y bajando inestables escalas de madera, reptando por el barro y pasando a escasos centímetros de vetas cubiertas por arsénico puro, comprendimos por qué las condiciones de vida en la mina son tan duras. Como habíamos oído, la seguridad es la última prioridad. Si a eso le unimos el que muchas veces hacen turnos de 24 horas y que se toman un copazo de alcohol 96º a cada rato, además de los esporádicos cigarritos, la combinación es potencialmente letal.

Siguiendo con las supersticiones mineras, la tradición manda que una vez al año se sacrifiquen unas cuantas llamas para contentar a la Pachamama, la diosa de la tierra. En caso contrario, le entrará hambre y se cobrará la vida de mineros hasta quedar saciada. Cuantas más llamas sacrifiques, más contenta estará.

Al parecer, los mineros se vierten la sangre de la llama en diversas partes de su cuerpo según quieran protegerse de unos u otros peligros. Nuestro guía, por ejemplo, acostumbraba a echarse sangre en los párpados para “atravesar la roca con la mirada y saber dónde es mejor excavar” y para “evitar quedarse dormido cuando se emborracha en la mina”. ¿Qué le pasa a esta gente con el alcohol?

Pudimos comprobar cómo los mineros tienen perfectamente asumido que su oficio les va a restar muchos años de vida, aunque lo admiten con un orgullo admirable. Puede que sigan allí porque la mayoría de ellos entraron a trabajar siendo niños y no conocen otra forma de vida. O puede ser que de veras confíen en conseguir hacerse millonarios y acceder a una vida de lujos.

En cualquier caso, se estima que hay unas 15.000 personas dedicadas a horadar el subsuelo del Cerro Rico. La mayoría de ellas nunca saldrán de la mina.

Próximamente, ciudades bolivianas a mucha y poca altura.

Publicado 8 junio, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

SAL…timbanquis en Uyuni (10-5-2011)   8 comments

Hoy toca visitar el Salar de Uyuni, un desierto de sal en medio del altiplano boliviano de más de 12.000 kilómetros cuadrados (para que os hagáis una idea, es un 50% más grande que la Comunidad de Madrid enterita). Se trata del salar más grande del mundo. Suena bien, ¿no?

La mayor parte de su superficie es blanca y refleja tanta luz como la nieve virgen. Además es totalmente lisa, lo que permite usar el salar para cosas tan peregrinas como la calibración de satélites de posicionamiento. Nos imaginamos que los canis bolivianos lo utilizarán también para hacer carreras y trompos con sus coches tuneados, aunque de esto no hemos logrado encontrar evidencia empírica.

Situado a pocos kilómetros de la ciudad de Uyuni, te plantas en medio del salar en apenas media hora. Pronto llegas a un punto desde el que, mires a donde mires, sólo puedes ver sal y más sal y, a lo lejos, la línea del horizonte trazada en una línea recta perfecta. Desorientarse no es difícil y, al parecer, no es raro que guías inexpertos e imprudentes, o simplemente incompetentes, se adentren en el desierto de sal con grupos de turistas para no volver a saberse de ellos nunca más (después de nuestra experiencia con los “profesionales” locales del turismo, no nos sorprende lo más mínimo).

El caso es que llegas al salar y al principio alucinas. Transcurridos 5 minutos de ver tan sólo el blanco del suelo y el azul del cielo, te empiezas a aburrir. Y la excursión dura 4 horas… Nuestros colegas israelíes del post anterior estaban igual que nosotros. ¿Qué podíamos hacer para pasar el rato?

Después de un rato comiéndonos la cabeza…

…tras acicalarnos debidamente y quitarnos las liendres de las pelambreras…

…decidimos despertar de nuestro letargo.

Así que nos tomamos un café para despejarnos…

…y una cervecita para poder pensar mejor…

… y así ver el mundo con otros ojos.

Si algo hemos aprendido del “éxito” de Seseña, es que el mejor negocio del mundo consiste en dedicarse a la construcción y promoción de viviendas de calidad en lugares desérticos sin servicios ni comodidades de ningún tipo. Know how español, lo llaman algunos.

Sin embargo, tras hacer funambulismo con el presupuesto…

… algo que empezó siendo un proyecto a lo grande…

…empezó a estrujarnos hasta hacernos diminutos…

…hasta que finalmente fuimos aplastados por la realidad.

Está claro que soplan vientos de cambio…

…porque al final acabamos retratados.

Conclusión, Uyuni es muy bonito.

Próximamente, el diablo habita en las minas de Potosí.

Publicado 1 junio, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

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