Archivo para mayo 2011

Entrando en Bolivia por todo lo alto (8-10/5/2011)   9 comments

Como bien dice el título del post, entramos en el país de Evo Morales por todo lo alto. Tan alto como pueden ser 4.000 y pico metros sobre el nivel del mar.

Cruzamos la frontera chilena y, tras 80 kilómetros surcando el desierto por tierra de nadie, llegamos al control de aduanas del país vecino. Allí nos esperaban los jeeps con los que cruzaríamos el desierto durante los dos días siguientes, además de un triste y solitario funcionario que nos selló los pasaportes y nos dio la bienvenida a Bolivia y al altiplano andino.

Uno de los jeeps con uno de sus intrépidos pasajeros (parece que posa, pero no, siempre se coloca así al salir del vehículo por si a alguien se le ocurre retratarle. La diferencia es sutil):

Tras media hora de conducción entramos en la Reserva Nacional de Fauna Eduardo Avaroa. Aunque fauna vimos poca: apenas un par de zorros, unas cuantas vicuñas y una bandada de flamencos despistados que se habían retrasado en su migración hacia tierras más cálidas. Sin embargo, los paisajes que visitamos estos días fueron, sin lugar a dudas, los más impresionantes desde que iniciamos nuestro viaje allá por octubre del año pasado.

Para empezar, el brillante cielo. No sabemos si es a causa de la altura, de la la total ausencia de contaminación o de una mezcla de ambas, pero allí tiene siempre un intenso color azul difícil de encontrar en otras partes del mundo. Súmale a eso el contraste con las blanquísimas nubes y obtendrás un marco perfecto para el increíble cuadro de colores imposibles y relieves de película de ciencia ficción que es el paisaje altiplánico.

Por no hablar de las montañas, cordilleras y volcanes que se alzan en el horizonte, cubiertos casi todos de nieves perpetuas. Si ya la altura media de la zona ronda los 4.000 metros sobre el nivel del mar, más de una cima supera los 6.000. Poca broma.

¿Y qué decir de las espectaculares lagunas? Tranquilas superficies de agua inmóvil, al modo de espejos gigantes que reflejan el cielo y las montañas. Laguna Verde, Laguna Blanca, Laguna Colorada… Cada una con una tonalidad característica que les da su nombre en función del mineral que predomina en sus aguas (salvo una repleta de azufre, a la que llaman “Laguna Hedionda”):

En una zona sísmica como ésta, tampoco faltan los géiseres y las aguas termales (aquí no fuimos tan nenazas como en Atacama y nos dimos un baño):

Y para completar los paisajes de impresión, no podemos olvidarnos de que gran parte del tiempo lo pasamos atravesando enormes extensiones de desierto arenoso (aunque solíamos aprovecharlas para echar una cabezada entre duna y duna, que viajar cansa mucho).

Si nos limitásemos a valorar únicamente las maravillas naturales y el paisaje, el viaje habría sido inmejorable. Incluso teniendo en cuenta que hacía un frío glacial y que nos alojaron en un refugio al que llamaban “básico” con razón. Nada que no se solucione tomando prestadas las mantas de las camas de las habitaciones vecinas (hasta 7 mantas podían contarse encima de Álvaro: la primera vez en la vida que hizo ejercicio mientras dormía, del peso que tenía que levantar para moverse).

Tampoco nos importó demasiado tener que lidiar con el mal de altura. Con la falta de oxígeno, las tareas sencillas (como transportar la mochila del coche a la habitación o llevar el tenedor del plato a tu boca) se convierten en hercúleas pruebas de resistencia y valor. Por no mencionar el dolor de cabeza de las alturas altiplánicas, sólo equiparable al de una buena resaca post noche de copas a base de anís del mono, absenta y vino don Simón. Pero bueno, un par de chutes de ibuprofeno y asunto arreglado.

No señores, no. Si algo falló en este viaje fue el factor humano. Ojo, que no hablamos de nuestros compañeros de expedición: 3 israelíes muy majetes y 2 chilenas silenciosas:

Ya nos advirtieron en San Pedro de Atacama de que los chóferes bolivianos eran unos borrachuzos. No le dimos demasiada importancia y lo atribuimos a las típicas habladurías y rencillas entre habitantes de ciudades fronterizas. Pero es que aún no conocíamos a Roberto; o Sobber, como se hacía llamar                (no deja de ser irónico que “sobber” en inglés signifique sobrio…)

El primer día todo normal. Un tipo correcto y formal, incluso demasiado callado. El problema fue el segundo día cuando, tras desayunar y estando a punto de subirnos a los jeeps para continuar ruta, aparece el personaje con los ojos enrojecidos y el pelo apelmazado  por el sudor mostrando orgulloso dos botellas de pisco vacías. –Mi desayuno– proclamó el tipo orgulloso, riéndose como un imbécil.

Nos quedamos flipando. Era evidente que estaba cocido como un piojo. El otro conductor decidió lavarse las manos y se desentendió del asunto. Tras hacer un análisis rápido de la situación -estábamos en medio del desierto y el único modo de salir era con un jeep complicado de conducir-, decidimos intentar convencer al infame individuo de que uno de los israelíes condujera (un chaval de 22 años recién salido del servicio militar en Israel y con experiencia en el manejo de vehículos pesados por terrenos desérticos).

Humillado, el conductor aceptó a regañadientes y cedió el vehículo al pobre chico durante un rato, durante el que no paró de pegar gritos y de insultar a todo el mundo. – ¡Pero mete quinta carajo! ¡Más rápido! ¡Manejas muy mal! ¡Vas a pagar tú la gasolina!- El israelí no entendía una sola palabra, sólo sabía que tenía a un individuo al lado que no paraba de gritarle y que olía muy mal.

Después de un par de horas, paramos a hacer una visita de unas rocas espectaculares en medio del desierto. El anormal de Sobber se sacó una birra como aperitivo y se plantó en el asiento del conductor, amenazando con dejarnos allí tirados si no conducía él.

Parecía razonablemente sereno y la  única alternativa a su propuesta hubiera sido  lincharle y meterle en el maletero a la fuerza (medida que consideramos seriamente). Así, teniendo en cuenta que en el desierto no hay muchos obstáculos con los que chocarse, que no íbamos a pasar de los 40 km/h y que con el tiempo la cosa iría a menos, decidimos dejarle conducir y que no diese la vara.

En ese tiempo no paró de balbucear estupideces y de pasar de la euforia al cabreo a cada rato. El caso es que acabamos llegando a un pueblo minero donde se encontró con un amigo al que decidió meter en el coche. En contra de lo que habíamos pensado, su grado de intoxicación no remitía, así que le “sugerimos” que al menos dejase conducir a su amigo. Sorprendentemente el tipo accedió y se acomodó en el asiento del copiloto.

Cuando por fin llegamos a Uyuni, el estado del tipejo era tan lamentable que verlo daba una mezcla de pena y asco. Se había quedado dormido y al despertarle apenas podía articular palabra para, acto seguido, volverse a dormir. Así quedó retratada su entrada triunfal en el pueblo:

Cuando por fin llegamos a la agencia, no hubo que explicar nada a los responsables. Con sólo mostrarles al chófer fue suficiente. Nos devolvieron el dinero y nos aseguraron que Sobber no volvería a trabajar allí. El tipo merece estar en la cárcel y pensamos en denunciarle. Pero bueno, digamos que, como en tantos otros países sudamericanos, la policía aquí puede suponer más un problema que una solución…

En cualquier caso, no podemos dejar que una mala experiencia con un desgraciado empañe nuestra opinión sobre el altiplano andino boliviano. Como hemos dicho antes, ha sido probablemente el lugar más increíble que hemos visitado hasta ahora. Nadie que venga a Bolivia se lo puede perder. Sólo basta con elegir con más cuidado con quién contratas el transporte (si tu chófer se presenta como Sobber el sobrio, desconfía…).

Próximamente, gigantes y liliputienses en el Salar de Uyuni.

Publicado 27 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

Sweet home Atacama (6-8/05/2011)   8 comments

20 horas de autobús dirección norte, en línea recta por la carretera Panamericana: 30 euros.

Cena a base de perrito caliente cutre salchichero en estación de servicio perdida de la mano de Dios: 1,5 euros.

Mear en letrina apestosa de la misma estación de servicio: 0,2 euros.

Despertarse en el bus al amanecer y contemplar la inmensidad del desierto más árido del mundo frente a ti… no tiene precio.

Se nos acaban los recursos literarios y ya tiramos de frases hechas inventadas por los publicistas de Mastercard. Disculpad. Aunque en este caso nos venían al pelo.

Nuestra última escala en Chile fue el desierto de Atacama. Cierta profesora de geografía del colegio (hola Loli) nos enseñó hace ya muchos años que se trata del lugar más árido del mundo. Correcto. También nos contó (lo dice Rafa, Álvaro afirma no acordarse) que allí los coches no tienen limpiaparabrisas porque no hay lluvia que limpiar. Rotundamente falso. ¿O es que acaso cada fábrica de coches tiene una línea especial de producción para los 4 mataos que viven por esta zona del mundo? Pues no, lógicamente. Pobre Rafa, que ha vivido tanto tiempo engañado…

En un paisaje tan inhóspito como éste sólo pueden sobrevivir los cactus y algún que otro matojo reseco del que se alimentan las llamas, los camellos rastafaris del altiplano andino.

San Pedro de Atacama no tiene demasiado encanto. Con el tiempo se ha ido convirtiendo en un pueblo sin alma totalmente orientado al turismo, en el que  puedes encontrar desde los locutorios más caros de todo Chile hasta comida italiana del montón. Eso sí, está situado en un enclave privilegiado, rodeado de volcanes activos de 6.000 metros de altura y de imponentes cordilleras de sal.

Como la oferta hotelera y gastronómica de la zona es prácticamente inexistente fuera de San Pedro (y la que hay, se escapa de nuestro exiguo y castigado presupuesto), montamos allí nuestro campamento base y nos dedicamos a explorar los alrededores contratando con una de las 400 agencias que había en el pueblo. La que nos hizo mejor precio, claro. Con el tiempo acabaríamos arrepintiéndonos de nuestra tacañez, aunque de eso os hablaremos en el siguiente post…

Una de las excursiones, quizás la más espectacular que hicimos en Chile, nos llevó a los géiseres del Tatio. Estos chorros de agua caliente y vapor se caracterizan por su naturaleza crápula y por su moral dudosa, ya que sólo salen de noche y alcanzan su apogeo al amanecer, como si se estuviesen yendo de after los muy desfasados. Y eso 7 días a la semana, 365 días al año. A saber qué se toman para aguantar ese tute… Las malas lenguas hablan de azufre y cianuro, no os digo más.

Mirad éste, por ejemplo, que parece que va a explotar:

Como os hemos comentado, los géiseres duermen de día, sólo salen de noche y alcanzan su plenitud al amanecer, lo que nos parecería estupendo si para visitarlos no tuviese uno que despertarse a las 3 y media de la madrugada. Y no tanto por las horas intempestivas, sino por el frío polar que hace en ese momento a 4.300 metros de altura en el p**o desierto.

Aquí hacemos un breve inciso para hablaros de nuestro equipaje. Al meter cosas en la mochila, uno tiende a dejarse llevar por la emoción del momento y a pensar únicamente en lo necesario para las playas de Tailandia y Brasil, para las urbes indias o para las selvas de Camboya. A saber: crema para el sol, chanclas, bermudas, camisetas, tangas de leopardo… Esas cosas. Como mucho, metes un suéter por si refresca (frase de abuela total), un cortavientos para ¿cortar el viento? y unas botas de montaña por si te da por echarte al monte como un vulgar maqui.

Pues bien, advertidos del frío que podía llegar a hacer, recurrimos a la táctica de la cebolla. A saber: ponerse capas y capas de ropa hasta que no te puedes ni mover. 2 pares de pantalones, 2 de calcetines, el pijama, 2 camisetas, 1 camiseta térmica, 2 sudaderas, 1 jersey y el “cortavientos”. Con eso, unas manoplas y un gorro que nos agenciamos, pensábamos que estaríamos a salvo del frío. Nada más lejos de la realidad. Una vez llegamos a los géiseres a las 6 de la mañana, nos dieron de desayunar y os puedo asegurar que en lo único que pensábamos era en echarnos el café hirviendo dentro del segundo par de pantalones.

A continuación, una muestra del “encebolle” después de haber amanecido (no tenemos fotos cuando aún era de noche porque es complicado hacer fotos con las manos dentro de, 1º, unas manoplas y, 2º, los bolsillos):

Fernando es un tipo duro y entre los muchos trucos de supervivencia contra el frío que conoce está el de saltar por encima de chorros de vapor a presión. Efectivo pero arriesgado. Que se lo pregunten a los mejillones al vapor:

Al final le acabamos cogiendo el gustillo a eso de cruzar chorros de vapor.

Poco a poco, el sol acabó por salir y la temperatura fue haciéndose más soportable, así que aprovechamos para hacer muchas fotitos de los géiseres y de nosotros posando con ellos.

Hubo gente que incluso se atrevió a darse un baño en unas aguas termales que había por ahí. Nosotros no fuimos de esos insensatos valientes. No por frío en sí, no, sino más bien por miedo a que el efecto del frío pudiese hacer dudar de nuestra virilidad en algún posible descuido indiscreto.

Así que nosotros seguimos a lo nuestro, retratando a los géiseres y a nosotros mismos caminando felizmente entre ellos hasta que se retiraron a las entrañas de la tierra a dormirla.

Próximamente, surcando Bolivia en 4×4 (16).

Publicado 17 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Chile

En tierra de pisco (3-5/05/2011)   4 comments

En el siglo XVI, los españoles que empezaban a asentarse en el Pacífico Sudamericano comenzaron a plantar viñedos y parras para producir vino. No se sabe cuándo ni por qué, a alguien se le ocurrió destilar el vino dulce joven para producir una especie de aguardiente aromático conocido hoy como pisco.

Tanto los peruanos como los chilenos dicen ser los creadores de esta bebida. A nosotros la verdad es que nos daba bastante igual quién fue el país que la inventó, pero cada vez que hablábamos de pisco con un chileno, le preguntábamos: “Pero el pisco… Es peruano, ¿no?“, sólo  por incordiar.

Los chilenos, claro, afirman desde hace tiempo que es originario de su país. Ya en los 50, el General Videla (quien, por cierto, traicionó a Neruda y le obligó a exiliarse en el año 53) decidió renombrar un pueblecito del valle del río Elqui que pasó de llamarse “La Unión” a “Pisco Elqui”. Muy sutiles.

Y es que en el Valle del Elqui se produce cerca del 50% del pisco de Chile. Se trata de una sucesión de montañones desérticos a ambos lados del lecho del río que da nombre al valle.

Independientemente del origen trucado de su nombre, en Pisco Elqui las vistas son espectaculares, con un tapiz de parras que se exiende hasta donde alcanza la vista.

Al margen de las parras, el paisaje parece sacado de una película del oeste.

No muy lejos del Valle del Elqui se encuentra la frontera argentina, país al que se accede desde aquí por el paso de Aguas Negras, situado a 5.000 metros de altura y, al parecer, rodeado de imponentes glaciares. Tenía muy buena pinta, así que decidimos alquilar un coche y poner rumbo a la frontera chileno-argentina.

Por el camino pillaba una bodega de pisco que nos habían recomendado en nuestra ciuda base, La Serena. La cosa se nos complicó y acabamos catando unas cuantas variedades de pisco: añejo, joven, doble destilado, pisco sour, cócteles a base de mango y papaya… Turismo gastronómico, que lo llaman algunos. Nosotros creemos que encaja más en el apartado “turismo cultural”.

El caso es que nunca llegamos a la frontera argentina, pero a cambio sabemos mucho del pisco, de su proceso de destilación, de los países a los que se exporta, de que marida muy bien con chocolate, de que los chilenos prefieren el ron dominicano porque es más barato…

De todas formas, hicimos buena parte del espectacular camino hasta que un funcionario de aduanas nos comentó que la frontera cerraba “aproximadamente” en dos horas. -“¿Cómo que aproximadamente? ¿A qué hora cierra exactamente?” -“Pues no sé… A las 6 o a las 7 no más…”  Teniendo en cuenta que quedaban 80 kilómetros por puertos de montaña hasta llegar allí, más otros 80 kilómteros de vuelta, decidimos no arriesgar y volver atrás por si nos tocaba dormir en tierra de nadie, entre las fronteras argentina y chilena.

Si no hubiéramos hecho la degustación de pisco, nos hubiera dado tiempo perfectamente. Pero bueno, la vida es dura.

Próximamente, congelados en el desierto de Atacama.

Publicado 12 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Chile

Último cambio de continente, ¡hop!   6 comments

¿En qué se parece Chile a un exclusivo menú de degustación en El Bulli o en Arzak? ¡En que los dos son largos y estrechos!

Mientras que de norte a sur Chile mide más de 4.000 kilómetros, sólo se pueden recorrer 420 km en línea recta a lo ancho entre el Pacífico y los Andes.

Nosotros no bajamos tan al sur a comprobarlo. Puede decirse que nos saltamos el aperitivo y que fuimos directamente a por el primer plato del menú: las ciudades de Santiago y Valparaíso.

Os preguntaréis quién es esa silueta que acompaña a Rafa en su vano intento de posar despreocupado con Santiago de Chile extendiéndose a sus pies. Hace un par de posts os anunciamos que íbamos a tener una incorporación temporal a nuestro viaje. Pues ese momentoha llegado. Recién llegado de una misión en Afganistán, ¡el señor Fernando Manrique!

Fernando tiene previsto soportarnos hasta llegar a Bolivia, así que será un habitual de los próximos 2 o 3 posts. Aún estamos cerrando algunos flecos por sus exigencias en materia de derechos de imagen y royalties, pero creemos que llegaremos a un acuerdo satisfactorio para ambas partes y que no habrá parón en el blog para las próximas entradas.

Como hemos empezado con un tema gastronómico, os vamos a mostrar una de las especialidades culinarias del país. La contundente “chorrillana”, similar a los huevos rotos de toda la vida pero con más patatas y, si cabe, más chorreante aún. Comida de tasca de toda la vida. Si es que en Sudamérica se está como en casa…

Sin embargo, no os podemos dejar con la idea de que un revoltijo de patatas con carne es el mejor plato de la gastronomía chilena. Con tantísimos kilómetros de costa, no es extraño que tengan pescado y marisco para aburrir. Tuvimos ocasión de comprobarlo en una mariscada que nos pegamos en el Mercado Central de Santiago en honor al cumpleaños de Fernando. Durante su estancia con nosotros, el pobre ha tenido que sufrir nuestras ajustadas posibilidades presupuestarias. ¿Por qué cocinar unas salchichas en el hostal cuando podemos cenar congrio en el restaurante de la esquina?

Pero un día es un día, así que saqueamos el cerdito y nos dimos a las gambas, a los ostiones (vieiras) al ajillo, al ceviche de corvina, a las machas (almejas) a la parmesana, a la lubina con salsa de marisco… Espectacular. Lo único malo es que comer así engancha y, ante la escasa fiscalización externa de nuestro presupuesto, la posibilidad de cometer un desfalco es muy tentadora. Habrá que dejar el ahorro para Bolivia…

Igual de espectacular, o más, fue la impresionante raclette a la que nos convidaron María Teresa, María José, Nicolás y Raimundo. Éstos son los integrantes de la encantadora familia de Gonzalo, un amigo de Rafa que casualmente es chileno. Sin conocernos de nada, nos vinieron a buscar, nos metieron en su casa y nos ofrecieron deliciosos manjares que engullimos con gusto. Desde aquí queremos volver a agradeceros vuestra increíble hospitalidad. ¡Muchas gracias!

Dejando la comida a un lado (snif), Chile es famoso por ser la patria de dos premios Nobel de literatura: Gabriela Mistral y Pablo Neruda. De Neruda, sin duda habréis oído alguna vez fragmentos de su obra. Por ejemplo:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche […]

Preciosos versos, sin duda. Sin embargo, su obra no sólo se reduce a poemas de amor. Visitando su casa en Santiago, descubrimos, entre otras, su menos famosa “Oda a la Alcachofa”. Genial.

Su casa contaba con tan sólo dos habitaciones. Para compensar, tenía además 3 bares, uno de ellos de verano. Lo dicho, el tipo era un genio.

Os habréis dado cuenta de que en este post hemos metido ya varios graffitis alucinantes. Santiago y Valparaíso están plagados de ellos. Pero son graffitis que exceden en mucho la firma cutre en letras de molde de colorines. Los “murales”, como ellos los llaman, son verdaderas obras de arte urbano que adornan y mejoran las paredes y fachadas de las ciudades chilenas.

Antes de terminar, deciros que también vistamos Valparaíso, la ciudad costera de los 42 cerros donde volvimos a caer en la tentación del pescado y el marisco fresquísimo. Aunque no todo fue agradable allí: más de 4 personas distintas nos dijeron que anduviésemos con ojo con los maleantes. Supongo que es la cara menos amable de Sudamérica…

Y ya sí, para finalizar, Fernando y su amor con el océano Pacífico.

Próximamente, ¿el pisco es peruano o chileno? Espera… ¿qué es el pisco? ¿una bebida embriagadora? Pues sí. Como el tequila, chico.

Publicado 7 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Chile

El verdadero país del sol naciente   7 comments

Antes de abandonar a Álvaro a merced de las olas balinesas, me encontraba yo (Rafa, claro está) un buen día sopesando las distintas opciones de viaje que ofrece el Pacífico Sur. Finalmente, se redujo el abanico a sólo 2 países: Samoa o Tonga. Cada uno tenía sus ventajas y era difícil decidirse:

Samoa, únicamente 2 islas fáciles de explorar, súper recomendadas por todos los afortunados que las han visitado.

Tonga, cientos de islas de las que muchas están deshabitadas. Jamás supe de nadie que las hubiera pisado.

Tras mucho investigar, encontré un factor absolutamente crucial: el billete a Tonga era 30 euros más barato. La suerte estaba echada.

En realidad, ambos países están al lado, pero se da la circunstancia de que la Línea Internacional de Cambio de Hora pilla en medio, convirtiendo a Samoa en el país más occidental del planeta y a Tonga en el más oriental. Así que Tonga, y no Japón, es el país del sol naciente.

El caso es que estaba yo ilusionadísimo pensando en todas las islas que iba a explorar en mi destino, cuando un agente de aduanas neozelandés me preguntó: “¿Se puede saber qué diablos piensas hacer 13 días en Tonga? Yo estuve 3 y me sobraron.” Le comenté mi intención de visitar los lejanos y maravillosos archipiélagos de Ha’apai y Vavau. El tipo miró incrédulo mi pinta de mochilero insolvente que jamás deja propinas y esbozó una medio sonrisita que me dejó con la mosca detrás de la oreja. Comprendí su actitud en cuanto me enteré de que los vuelos estaban muy pero que muy por encima de mi exiguo presupuesto. La otra opción era ir en barco, pero no eran muy frecuentes y en 13 días no tenía tiempo de ir y volver. Básicamente, me tenía que quedar dos semanas en la isla principal, Tongatapu, y sus alrededores. “Bueno, ningún problema, voy a la playita y me dedico a ponerme moreno y cuadrao” … “¡¡¡Cómo que en esta isla no hay playa!!!”

Esto es lo que te encuentras si quieres bañarte en Tongatapu.

Después de esta entrada triunfal en el país, me dispuse a explorar su capital, Nuku’alofa. Tengo la impresión de que nunca la incluirán en los reportajes de lugares que ver antes de morir. Una ciudad tan anodina no podía ser de ninguna manera el destino en el que más tiempo fuera  a pasar en todo mi viaje. Ya que en Bangkok estuve diez días, en Nuku’alofa debía pernoctar como máximo nueve. Así que decidí hacer todas las excursiones posibles. Para empezar, a la cercana isla de Eua.

Un consuelo es que todos los mochileros se llevaban el mismo chasco que yo al llegar. Por ejemplo, esta pareja de finlandeses que estaban dando la vuelta al mundo.

Tommy y Maria, que así se llaman estos sujetos, decidieron unirse a mí en la excursión a Eua, o quizá yo me acoplé a ellos. El caso es que aparecen en casi todas mis fotos de Tonga. No sé, igual les di mucho la brasa.

En Eua nos alojamos en este hotelillo.

Guardo muy buen recuerdo de los propietarios del hotel. Ellos de mí supongo que no tanto. Por lo menos desde el día en que les desperté de madrugada por haber cerrado mi cabaña con pestillo y dejado las llaves dentro. Puesto que no tenían llave de repuesto, desmontaron parcialmente la cabaña. Yo me fui a dormir mientras la montaban de nuevo, pero pensando que ése habría sido un momento perfecto para dejar una sustanciosa propina.

Esta isla es conocida (conocida dentro de Tonga, claro está) por su oferta de senderismo de aventura. Así que allá que me fui con mis nuevos amigos a recorrer la selva.

Nos agenciamos un mapa que consistía en un folio en blanco en el que habían dibujado a mano el perfil de la isla y algunos senderos importantes. No entendimos por qué nos recomendaron alquilar un guía autóctono. Nos perdimos, claro.

Tampoco ayudó la señalización de la red de caminos.

Pero en Eua da igual perderse. A cada rato acabas encontrando algún paisaje memorable.

Aquí sí que hay alguna playa. No invita mucho a bañarse, pero es bien chula. Y toda para nosotros.

Hasta nos encontramos una manada de caballos salvajes.

Ya de vuelta en la isla principal, decidí inmiscuirme al máximo en la vida local. Por ejemplo, asistiendo a una ceremonia de kava. El kava es un tubérculo que crece por muchas islas del Pacífico. Molido y mezclado con agua, lo beben en ocasiones especiales como bodas, pedidas de mano, o, simplemente, en reuniones con amigos. Sus ligeros efectos estupefacientes permiten relajar el ambiente y que las fiestas lleguen a buen puerto. Para beberlo, hay que seguir un ritual de lo más interesante.

Aparte del kava, no son muy dados a beber, ya que son profundamente religiosos. Cristianos, para más señas. De hecho, no se permite el culto a ninguna otra religión. Lo que sí hay son montones de variaciones dentro del cristianismo: católicos, mormones, adventistas de la iglesia del séptimo día, etcétera. Es muy bonito ver cómo los domingos abarrotan las iglesias ataviados con sus mejores galas y se dedican a cantar como en las pelis de gospel. Todos salvo una pequeña comunidad de no sé qué religión que celebra las misas los sábados, ya que ellos consideran que es domingo porque no reconocen la Línea Internacional de Cambio de Hora.

Otra cosa que llama la atención en Tonga es el tamaño desproporcionado de muchos de sus habitantes. Son anchos y muy fuertes. No me extraña que el deporte nacional sea el rugby. Las ceremonias de danza tradicional son espectaculares, viendo a esos monstruacos aporreando tambores y pegando brincos.

Pero, sin duda, lo más llamativo es ver cómo visten. Ellos suelen llevar pareo, y tanto ellos como ellas suelen cubrir sus ropas con unos corpiños de paja.

Atención a los sombreritos que se gastan aquí los amigos.

Así las cosas, llegó la fecha de mi cumpleaños el 16 de abril. Los huéspedes del hotel estaban servidos de exotismo, así que opté por una celebración más clásica: invitar a birras nunca falla.

Mi conclusión final es que Tonga es un destino que merece mucho la pena si se quiere descubrir una cultura única que no se ve afectada por el turismo de masas. Eso sí, a tenor de las experiencias de los demás viajeros, si alguien se encuentra alguna vez en la tesitura de decidir entre Tonga y Samoa, creo que Samoa bien vale los 30 euros de diferencia.

Próximamente, el desembarco en el Nuevo Mundo.

PD: Después de las separaciones y otros problemas logísticos varios, retomamos el blog con nuevos bríos y empezaremos a colgar posts con más frecuencia.

Publicado 1 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Tonga

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