Archivo para 2 marzo, 2011

¡¡¡Vámonos de tubing!!! (30/1/2011 – 4/2/2011)   16 comments

¿Que qué es tubing? ¿Es acaso un deporte de riesgo? ¿Un garito de moda? ¿Una experiencia onírica semi-surrealista? El tubing es todo eso y mucho más…

¡Esto es tubing!

 

Érase una vez un pequeño pueblo rural en medio de Laos, bañado por un  tranquilo río de pescadores y rodeado de espectaculares montañas de formas imposibles. La paz y el savoir vivre impregnaban sus escasas callejuelas sin asfaltar y la gente se tomaba la vida con la calma y el sosiego típicos laosianos.

Hasta que un día Pandora pasó por allí y abrió su famosa caja para coger unos kleenex. De la noche a la mañana, nadie supo nunca decirnos cuándo ni cómo ocurrió exactamente, lo que en tiempos fuera un apacible poblado se convirtió en una rara mezcla entre Ibiza, Pachá Torremolinos, el FIB de Benicassim y el Sella en pleno descenso. 7 días a la semana, 365 días al año.

Al llegar al pueblo lo primero que observas es que está tomada por ingleses y australianos (alegres hooligans al más puro estilo Salou).

La casa de huéspedes tradicional de Vang Vieng cuenta con dos características básicas: i) precios muy, muy, muy bajos y ii) un restaurante – bar a pie de calle emitiendo reposiciones de Friends y Family Guy a todo volumen en pantallas de plasma gigantes. La gente se podía pasar horas embobada viendo la tele. Por otro lado, muchos restaurantes de la zona te ofrecen con toda la naturalidad del mundo menús “alternativos” por si no tienes hambre.  Muy exótico.

En el tubing la cosa funciona así:

Por la mañana, después de tomarte un English Breakfast “típico” laosiano, con sus scrambled eggs de gallina local y sus beans enlatados, te acercas a la tienda de alquiler de tubos. Una vez alquilados, los propios empleados de la tienda se encargan de  transportarte río arriba en tuk tuk hasta el inicio del recorrido. Los famosos tubos no son más que flotadores hinchables gigantes en los que en teoría deberías dejarte llevar flotando río abajo durante unos kilómetros.

Decimos en teoría porque en la práctica con los tubos apenas recorres unos escasos 30 metros: la distancia que existe entre el Bar Number 1 y el Bar Number 3, con parada técnica en el Bar Number 2. Existe el mito de que hay más bares si sigues el curso del río, pero nadie ha logrado nunca pasar del número 3. Son como un agujero negro, que te atrapa y no te deja salir por mucho río y mucho paisaje kárstico espectacular que haya a tu alrededor.

La oferta de los (3) bares es muy parecida. Todos ofrecen buckets (para entendernos, cubos de playa de toda la vida) rellenos de brebajes diversos. Dicen que en la variedad está el gusto, pero la bebida que más triunfaba era el whisky laosiano con coca cola y una especie de red-bull asiático terminantemente prohibido en occidente. Probablemente sea a causa de la inquietud culinaria que lleva a la gente a probar los diferentes productos de la zona. Aunque igual también influye que sea lo más barato que se puede beber si exceptuamos el agua del río. Además, tampoco es que se viera a demasiada gente probando piel de búfalo seca con berenjenas, otra de las especialidades locales…

Para atraer a los potenciales clientes, los bares utilizan una táctica doble: activa y pasiva. La primera consiste en “pescarte” mediante una botella atada a una cuerda que te lanzan mientras tú te dejas llevar río abajo subido en tu flotador-tubo. Si te interesa el bar, agarras la cuerda y ya se preocupan ellos de recoger carrete y tirar de ti hasta la orilla. La técnica pasiva se basa en ofrecer chupitos de whisky laosiano gratuitos, virtualmente ilimitados y potencialmente letales. Según avanza el día y el bar se va despoblando, las bebidas se van haciendo más y más baratas. Al final las regalan. Opinamos que es un modelo de negocio tan avanzado como el de Facebook: deben de ganar mucha pasta pero preferimos no saber cómo.

Además, cada bar cuenta con su propia atracción. Aprovechando el río adyacente y que los estándares regulatorios laosianos en materia de seguridad  son tirando a inexistentes, cada bar se construía con maderos su propia tirolina, polea, tobogán o la majadería que se les ocurriese. Todas estas atracciones acababan con un espectacular planchazo en el agua (salvo nosotros, que claramente dominábamos el arte de caer al agua con gracia y desparpajo). Teniendo en cuanta lo perjudicada que iba la gente, lo que no comprendemos es cómo los usuarios de las atracciones que acababan en el agua no se iban más a menudo de after al hospital más cercano.

En el tubing la gente también da rienda suelta a su creatividad pintándose el cuerpo los unos a los otros. Ellas eran más partidarias de las estrellitas y el arte conceptual. Ellos preferían dejar que sus colegas les pintasen frases sorpresa en la espalda. No podía ser de otra forma: las lindezas del tipo “Soy un pederasta reconocido y orgulloso, que no te engañe mi aspecto afable” o “Soy vegetariano pero me encantan las cabras, tú ya me entiendes”, estaban a la orden del día.

Cuenta la leyenda que existe un personaje mítico que llegó a Vang Vieng para pasar una semana y que ha empalmado más de 400 días seguidos haciendo tubing sin parar. No podemos evitar preguntarnos i) ¿Ese tipo realmente existirá? ii) ¿Cómo se ganará la vida? iii) ¿Habrá conseguido ya la nacionalidad laosiana? iv) ¿Le habrán hecho hijo adoptivo de Vang Vieng? v) ¿En qué piensa? ¿Piensa?

Aparte de las atracciones, el río y los buckets, pues poco más, temazo tras temazo a todo volumen, buen rollito generalizado, y a marear hasta que anochece. Después se podía seguir la fiesta por la noche en bares ya en el propio pueblo. Ahí es cuando te das cuenta de que la edad no perdona y que dormir mola. Triste pero cierto. Pero bueno, así madrugabas y podías aprovechar el día siguiente… para irte de tubing.

Próximamente, un poco de Laos del de verdad.

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Publicado 2 marzo, 2011 por encualquierotraparte en Laos

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