Mato Grosso do Sul   2 comments

Barajamos varias opciones para titular este post: “Entrando en Brasil”, Al acecho de la capibara esquiva” o “Mamá, los caimanes no me dejan dormir”. Finalmente, decidimos optar por lo simple y utilizar el nombre del estado por el que entramos al país: Mato Grosso do Sul. Bonito, ¿eh? El portugués suena tan bien… Si una catapulta gigante nos hubiese lanzado al azar a cualquier otro territorio brasileiro, creo que también hubiéramos utilizado lugar de aterrizaje como título: Minas Gerais, Maranhão, Pernambuco, Rio de Janeiro… Música pura. Una lástima que hayamos quemado el recurso para el próximo post (Cataratas de Iguazú: hubiera quedado redondo en boca, como un buen vino).

En fin, señoras y caballeros, el hecho es que finalmente conseguimos dejar atrás la ineficiente y desesperante Bolivia para adentrarnos en uno de los destinos más prometedores y esperados del viaje: ¡Braziuuuuuu!

Acompañemos a la palabra Brasil de imágenes con extensos territorios de vegetación exuberante, mosquitos portadores de fiebre amarilla, caimanes silenciosos, pirañas carnívoras y, sobre todo, de agua, agua y más agua: Probablemente, lo primero que os venga a la cabeza será la selva del Amazonas. Si es así, habréis acertado. Un pin para vosotros.

Sin embargo, ese día no tocaba ir al Amazonas. Nuestro destino fue el menos conocido Pantanal del Mato Grosso. Igual os suenan los Everglades de Miami, Florida: un humedal lleno de caimanes en el que Dexter se dedicaba a hacer desaparecer cadáveres y donde el medio de transporte más popular es una colchoneta hinchable conectada a un ventilador industrial, dirigida por un tipo sentado en una silla de árbitro de tenis. Pues el Pantanal es más o menos lo mismo pero 13 veces más grande y sin lanchas supersónicas hiperventiladas.

Contratamos una visita de 3 días con un señor de pinta extraña que merodeaba por nuestro hostal de la ciudad fronteriza de Corumbá. Nos intentaron hacer el lío una media de 7 veces por día, pero extrañamente al final todo salió más o menos bien.

Nuestro campamento base se encontraba en un poblado de nombre molón: “Buraco das Piranhas” (podéis repetirlo en voz alta, a ver si os gusta tanto como a nosotros: Buraco das Piranhas, Buraco das Piranhas, Buraco das Piranhas… no nos cansamos). El plan consistió básicamente en estar ahí tirados como hipopótamos comunes hasta que a los encargados del lugar les daba por salir de excursión por los alrededores a ver bichos.

El primer día, al caer la noche, nos pasearon río abajo metidos en una canoa metálica. Nuestro guía reunía las características básicas que se pueden esperar de un morador de los humedales brasileiros: modales hoscos + pinta de Cocodrilo Dundee en rebajas. Eso sí, de repente el tipo dirigía el haz de luz de su linterna hacia un punto de la orilla, murmuraba -“alligator”- y acto seguido escuchábamos un chapoteo acompañando a dos puntos rojos brillantes sumergiéndose en el agua oscura. El tío era un hacha.

Aprovechando que no había demasiada luz, cuando no había cocodrilos que ver/intuir (el 99% del tiempo) nos dedicábamos a contemplar las estrellas. Debían de estar de reformas allí arriba porque ninguna estaba en su sitio habitual. La osa mayor boca abajo, el rabito de la osa menor en el lado contrario, la Cruz del Sur y la constelación de Escorpio como novedades estelares…

Los días siguientes nos dedicamos a dar más vueltas en canoa motorizada para ver animalitos variados, esta vez con luz:

Por ejemplo, capibaras, unos roedores gigantes que según la RAE en español se llaman carpinchos (yo no me fiaría mucho):

O caimanes tomando el sol:

Aves había para aburrir, aunque no debemos tener alma de ornitólogos porque eran los animales que menos nos emocionaba ver. Decir: “¡Oh, una cigüeña!” no es lo mismo que decir “Oh, un jaguar”.

Otro día nos pasamos la tarde pescando pirañas. Rafa es de esos que se aferran a la estadística porque, según ella, cada uno de nosotros pescó 2 pirañas y media. A Álvaro le van más las identidades matemáticas del tipo 5 + 0 = 5.

Lo de pescar pirañas no lo vimos demasiado claro. Aparte de que después de freírlas no queda casi carne y casi todo son espinas, las 5 que sacamos pesaban alrededor de 1 kg en total. Para pescarlas utilizamos del orden de 3 kg de carne de vaca. Mal negocio.

Próximamente, entre Brasil, Paraguay y Argentina: ¡Ozú con Iguazú!

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Publicado 7 julio, 2011 por encualquierotraparte en Brasil

Las Misiones Jesuíticas Chiquitanas (21-26/05/2011)   3 comments

La mayoría de los turistas que viajan a Bolivia no salen del Altiplano. Hagamos aquí un inciso para comentar que nosotros, al comenzar nuestro periplo, nos veíamos a nosotros mismos como viajeros y no como simples turistas. Después de que nos la hayan colado tropecientas mil veces en todos los países, no tenemos ningún inconveniente en reconocer lo que somos: turistas, y a mucha honra.

Decíamos que quienes van a Bolivia están contentos con los géiseres, desiertos, volcanes y demás formaciones que se encuentran en las alturas. Pocos se aventuran a descender a las tierras bajas del oriente. Nosotros teníamos pensado cruzar esta zona en tren rumbo al siguiente país, pero se nos ocurrió que, dando un rodeo de unos 450 kilómetros, podíamos visitar la región conocida como Chiquitania. ¿Por qué no?

Este nombre se lo dieron los primeros españoles que se instalaron en el territorio. Encontraron a unas tribus que vivían en chozas con aberturas diminutas para protegerse de los depredadores. Los españoles pensaron que, con esas puertas, los habitantes debían de ser muy chiquitos.

Estos primeros colonizadores eran jesuitas cuyo propósito era fundar Misiones (pueblos) desde los que cristianizar a las gentes del Nuevo Mundo. Llegaron a Chiquitania a finales del siglo XVII, después de hacer lo propio en zonas de las actuales Argentina, Paraguay y Brasil.

El objetivo era realizar la utopía denominada “Ciudad de Dios” en la tierra, es decir, evangelizar de forma pacífica integrando elementos de las tradiciones locales con otros propios del cristianismo. Crearon así una cultura única que ha cambiado poco en los últimos 200 años.

Se valieron sobre todo de la música. Hoy es frecuente ver ensayos de coros y conciertos de música renacentista y barroca al visitar las iglesias chiquitanas.

Pero lo más impresionante de estas Misiones no es su música, sino su arquitectura. Las iglesias están construidas en madera y decoradas parcialmente con motivos indígenas.

En los años 70 se llevó a cabo una completa renovación de estas iglesias. Aunque lo han dejado todo muy bonito, los críticos señalan que la restauración no ha sido completamente fiel a las pinturas originales. Lo cierto es que, si son originales, se puede afirmar que estos jesuitas fueron unos auténticos visionarios.

Aquí podemos apreciar una “famosísima” escena bíblica: Cristo contemplando desde debajo de la Cruz cómo los cazadores, gracias a sus rifles, capturan jaguares y osos típicos de Judea.

Este otro cuadro muestra a Cristo camino del Calvario mientras un cowboy, pistola en cinto, le fustiga sin piedad.

Esta escena corresponde a Cristo preparándose para la crucifixión mientras los “romanos”, ya que se han puesto en marcha, aprovechan para serrar unos arbolitos y cargar los troncos en camiones.

Así, leída, la verdad es que la historia mola. Pero luego ir allí no mola tanto. En el último post ya os contamos que en Bolivia nada funciona. Pues bien, si eso era así en las principales ciudades, imaginad en estas áreas rurales. Nuestra principal preocupación del día consistía en comprar un billete de autobús que nos llevara al siguiente pueblo. Parece fácil, pero para ello se requiere que:

1) El vendedor se encuentre físicamente en la tienda.

2) Entienda lo que quieres y sepa si su autobús va a tu destino.

3) Tengas el dinero exacto (nunca tienen cambio ni van a hacer el más mínimo esfuerzo por conseguirlo, así que, cuando sepas el precio, has de salir a buscar otra tienda y comprarle algo para que te den cambio, pero en las tiendas nunca están los vendedores y además no suelen tener cambio…).

Para hacer estas gestiones había que recorrer muchos kilómetros yendo y viniendo de agencia en agencia, y es que estos pueblos están construidos siguiendo los ideales de los filósofos del siglo XVI: casitas de una planta con patios y jardines que ocupan toda una manzana. Así, los pueblos, de chiquitos, no tienen nada.

Al final del recorrido, a veces, acabábamos igualmente sin billete y tocaba quedarse en la calle principal y esperar a ver si pasaba un autobús.

Lo bueno de tanta caminata es que bajabas rápido la sabrosa comida local.

Total, que tardamos 5 días en recorrer los dichosos 450 kilómetros.

Lo que le permite a esta zona desarrollarse y preservar su inmenso legado cultural es la presencia de incontables agencias de cooperación internacionales.

Lo que nos quedó clarísimo es que aquí se toman la vida de forma relajada. Todas las tardes, absolutamente todas, salía la gente a “tomar la fresca”, cenar, beber y bailar.

Nos vamos de Bolivia con un sabor ligeramente agridulce. Por un lado, nos ha encantado su legado artístico y sus paisajes de película. Pero, por otro, hemos acabado muy cansados de perder el tiempo andando de aquí para allá intentando hacer cosas simples como llamar por teléfono o subir a un autobús, por no hablar de conductores informales y otras cosas.

Así que se necesitan 2 cosas fundamentales si se quiere viajar por Bolivia: una buena cámara de fotos e infinita paciencia.

El próximo país, como que nos da más buen rollo.

Próximamente, o país dos pentacampeões.

Publicado 26 junio, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

La Bolivia colonial (12-20/05/2011)   4 comments

Contábamos en el último post cómo las inmensas riquezas de las minas de Potosí nunca han llegado a los sufridos mineros. Adonde sí han ido llegando es a las gentes instaladas en el casco histórico de la ciudad, como prueban sus iglesias, balcones y palacios de distintos colores, siempre tutelados por el Cerro Rico.

Desgraciadamente, no todo el mundo es capaz de apreciar los encantos de la arquitectura barroca.

Además de por Potosí, el dinero de las minas fluyó por otros lugares de Bolivia y, durante el periodo colonial español, se levantaron urbes  como Sucre.

Esta ciudad, enteramente blanca, le hace a uno pensar que está en Andalucía.

Al llegar a cualquiera de estos sitios, la cosa pinta bien: edificios elegantes y bien cuidados, ambiente por todas partes, vida cultural… pero, amigos, esto es Bolivia y aquí nada es lo que parece: en este país nada funciona.

La publicidad de los hoteles suele incluir detalles como agua caliente o internet. Por algún extraño azar, estos servicios  siempre estaban estropeados aquellos días en que decidíamos alojarnos en los diversos hoteles. Al principio no tienes más remedio que creerte sus milongas, claro. Sin embargo, cuando te dicen que tu ducha se ha estropeado, te cambias de habitación y de la otra también sale sólo agua fría, empiezas a sospechar. No es que te estén intentando engañar, es que nada funciona en este país.

Otro ejemplo: los locutorios. En Potosí, Sucre o Santa Cruz, los encuentras en cada esquina. En los 10 días que pasamos allí, ambos intentamos llamar a España de vez en cuando. Entre los 2 conseguimos hacer 5 llamadas. 2 de ellas se cortaron a mitad de conversación. Por lo menos 1 nunca pasó el filtro de la operadora. Las excusas iban desde  “este horario es malo para llamar a España” hasta “hace mucho frío y las antenas de comunicaciones sufren”.

A veces tenía su gracia el hecho de que todo estuviera anticuado. Fuimos a un cine con la pantalla desenfocada y donde sonido se mezclaba con el de la sala de al lado. A mitad de película, cortaron la emisión y salió la dueña a contar pedirnos unos minutos de paciencia porque tenían que cambiar la cinta. Berlanga no lo hubiera hecho mejor.

Con tantos problemas, nos dedicamos a lo que mejor sabemos hacer: zampar. Así descubrimos que los mejores lugares para comer son los mercados centrales, donde siempre hay puestecitos que sirven los platos más populares. Auqnue tampoco nos cortamos de ir a restaurantes de nivel en los que los platos más elaborados no pasaban de… 5 euros.

También sirven zumos naturales tirados de precio, como en Oriente Medio, tal y como os contábamos hace ya 8 meses (cómo pasa el tiempo…).

Nos imaginamos que conoceréis, aunque sea por pelis, la vestimenta típica del altiplano. Ponchos de colores, manoplas de lana de alpaca, sombreros puntiagudos para las mujeres… Un poco hortera, pero muy alegre y calentito.

En este mercado, además de las viandas habituales, compramos una tarjeta de teléfono para el móvil. Nunca logramos que funcionara.

A veces, mientras andas por la ciudad mirando recovecos y entrando en los infinitos patios interiores de este país, te encuentras sorpresas, como este ensayo para una especie de competición escolar de castellers.

O ves que te permiten pasear por los tejados de un colegio.

En definitiva, todo muy bonito y un estilo de vida bastante similar al que estamos acostumbrados en España, pero no hay que olvidar que estamos en el Altiplano Andino, con sus más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.

Próximamente, de Misión en Misión por el oriente boliviano.

Publicado 17 junio, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

Las minas de Potosí (13/5/2011)   8 comments

Año 1545: Un pastor quechua llamado Diego Huallpa se perdió mientras conducía a su rebaño de llamas de pasto en pasto. Al caer la noche, muerto de frío, encendió una gran fogata a los pies de la montaña conocida hoy como Cerro Rico. Al levantarse a la mañana siguiente descubrió unos hilillos que brillaban entre los restos de la hoguera. Estos hilillos no eran otra cosa que filamentos de plata que había sido fundida por las llamas. Había tanta plata en esa montaña que las vetas alcanzaban la superficie. Unos días después, un grupo de españoles confirmó el hallazgo del pastor y fundaron un poblado para explotarlo. Llamaron a este poblado Potosí.

Esta bonita historia que narra los orígenes de las minas de Potosí nunca pudo haber ocurrido, ya que un fuego preparado por una persona para calentarse no puede alcanzar ni de lejos los 961 grados necesarios para fundir la plata.

Leyenda o realidad, lo cierto es que las minas de Potosí se vienen explotando desde hace más de 4 siglos. Tras tanto tiempo de extraer plata, zinc y estaño de las entrañas de la tierra, la exuberante riqueza de antaño prácticamente se ha agotado. La que aún queda resulta tan difícil de extraer que casi no compensa hacerlo y las grandes empresas mineras hace ya mucho tiempo que abandonaron el lugar buscando yacimientos más rentables.

Sin embargo, el Cerro Rico de Potosí sigue siendo un poderoso imán para innumerables bolivianos que sueñan con encontrar la VETA DE PLATA con la que hacerse ricos de la noche a la mañana. Las empresas tradicionales han sido sustituidas por cooperativas de mineros donde las más básicas medidas de seguridad son un lujo innecesario. Unos pocos privilegiados consiguen retirarse a tiempo con los bolsillos llenos, pero la mayoría encuentra una muerte prematura por la inhalación continuada de polvo o, en el peor de los casos, por explosiones mal calculadas, gases tóxicos o derrumbes. Algunas fuentes calculan que, desde el siglo XVI, han muerto en la explotación de la mina unas 8 millones de personas. Con razón se conoce al imponente Cerro Rico como “la montaña que come hombres”.

Ante este panorama, decidimos visitar el interior de la mina con Carlos, un experimentado minero de la zona que había decidido retirarse a tiempo del oficio y dedicarse a guiar a los turistas en su recorrido por las entrañas de la tierra.

Tras pertrecharnos debidamente, cogimos un bus local y nos dirigimos hacia lo alto del Cerro Rico, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.

Nuestra primera parada fue el mercado minero, donde compramos algunos “regalos” con los que romper el hielo con los trabajadores que nos encontrásemos dentro: alcohol 96º, soda para mezclar (y hacerse cubatas, como luego comprobaríamos), dinamita, cigarros y hojas de coca.

Antes de penetrar en la mina, Carlos nos advirtió sobre las medidas de seguridad más importantes a seguir dentro: ante todo, nada de mentar a Jesucristo, a la Virgen ni a Dios. La superstición dicta que allí habita y reina el TIO, una especie de deidad maléfica que se lleva a matar con el “flaco de arriba”.

Cada vez que nos encontrábamos con una estatua del TIO (al menos vimos 5 allí abajo), Carlos realizaba el mismo ritual. Sacaba su inmensa bolsa de hojas de coca (de la que además daba buena cuenta metiéndose en la boca inmensos puñados a cada rato, que mascaba como si le fuera la vida en ello) y los esparcía sobre la estatua. Después le encendía un cigarro en un agujero que hacía las veces de boca y terminaba sirviéndonos a cada uno un chupito de alcohol 96º que debíamos compartir también con el TIO echándole parte por encima.

Es muy importante satisfacer al TIO: si está disgustado, tiene a su alcance mil formas para llevarse tu vida por delante. Si está feliz, te permitirá alcanzar el sueño de encontrar una veta de mineral puro que te “convierta en millonario”.

Tras recorrer varios cientos de metros de angostos pasadizos, subiendo y bajando inestables escalas de madera, reptando por el barro y pasando a escasos centímetros de vetas cubiertas por arsénico puro, comprendimos por qué las condiciones de vida en la mina son tan duras. Como habíamos oído, la seguridad es la última prioridad. Si a eso le unimos el que muchas veces hacen turnos de 24 horas y que se toman un copazo de alcohol 96º a cada rato, además de los esporádicos cigarritos, la combinación es potencialmente letal.

Siguiendo con las supersticiones mineras, la tradición manda que una vez al año se sacrifiquen unas cuantas llamas para contentar a la Pachamama, la diosa de la tierra. En caso contrario, le entrará hambre y se cobrará la vida de mineros hasta quedar saciada. Cuantas más llamas sacrifiques, más contenta estará.

Al parecer, los mineros se vierten la sangre de la llama en diversas partes de su cuerpo según quieran protegerse de unos u otros peligros. Nuestro guía, por ejemplo, acostumbraba a echarse sangre en los párpados para “atravesar la roca con la mirada y saber dónde es mejor excavar” y para “evitar quedarse dormido cuando se emborracha en la mina”. ¿Qué le pasa a esta gente con el alcohol?

Pudimos comprobar cómo los mineros tienen perfectamente asumido que su oficio les va a restar muchos años de vida, aunque lo admiten con un orgullo admirable. Puede que sigan allí porque la mayoría de ellos entraron a trabajar siendo niños y no conocen otra forma de vida. O puede ser que de veras confíen en conseguir hacerse millonarios y acceder a una vida de lujos.

En cualquier caso, se estima que hay unas 15.000 personas dedicadas a horadar el subsuelo del Cerro Rico. La mayoría de ellas nunca saldrán de la mina.

Próximamente, ciudades bolivianas a mucha y poca altura.

Publicado 8 junio, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

SAL…timbanquis en Uyuni (10-5-2011)   8 comments

Hoy toca visitar el Salar de Uyuni, un desierto de sal en medio del altiplano boliviano de más de 12.000 kilómetros cuadrados (para que os hagáis una idea, es un 50% más grande que la Comunidad de Madrid enterita). Se trata del salar más grande del mundo. Suena bien, ¿no?

La mayor parte de su superficie es blanca y refleja tanta luz como la nieve virgen. Además es totalmente lisa, lo que permite usar el salar para cosas tan peregrinas como la calibración de satélites de posicionamiento. Nos imaginamos que los canis bolivianos lo utilizarán también para hacer carreras y trompos con sus coches tuneados, aunque de esto no hemos logrado encontrar evidencia empírica.

Situado a pocos kilómetros de la ciudad de Uyuni, te plantas en medio del salar en apenas media hora. Pronto llegas a un punto desde el que, mires a donde mires, sólo puedes ver sal y más sal y, a lo lejos, la línea del horizonte trazada en una línea recta perfecta. Desorientarse no es difícil y, al parecer, no es raro que guías inexpertos e imprudentes, o simplemente incompetentes, se adentren en el desierto de sal con grupos de turistas para no volver a saberse de ellos nunca más (después de nuestra experiencia con los “profesionales” locales del turismo, no nos sorprende lo más mínimo).

El caso es que llegas al salar y al principio alucinas. Transcurridos 5 minutos de ver tan sólo el blanco del suelo y el azul del cielo, te empiezas a aburrir. Y la excursión dura 4 horas… Nuestros colegas israelíes del post anterior estaban igual que nosotros. ¿Qué podíamos hacer para pasar el rato?

Después de un rato comiéndonos la cabeza…

…tras acicalarnos debidamente y quitarnos las liendres de las pelambreras…

…decidimos despertar de nuestro letargo.

Así que nos tomamos un café para despejarnos…

…y una cervecita para poder pensar mejor…

… y así ver el mundo con otros ojos.

Si algo hemos aprendido del “éxito” de Seseña, es que el mejor negocio del mundo consiste en dedicarse a la construcción y promoción de viviendas de calidad en lugares desérticos sin servicios ni comodidades de ningún tipo. Know how español, lo llaman algunos.

Sin embargo, tras hacer funambulismo con el presupuesto…

… algo que empezó siendo un proyecto a lo grande…

…empezó a estrujarnos hasta hacernos diminutos…

…hasta que finalmente fuimos aplastados por la realidad.

Está claro que soplan vientos de cambio…

…porque al final acabamos retratados.

Conclusión, Uyuni es muy bonito.

Próximamente, el diablo habita en las minas de Potosí.

Publicado 1 junio, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

Entrando en Bolivia por todo lo alto (8-10/5/2011)   9 comments

Como bien dice el título del post, entramos en el país de Evo Morales por todo lo alto. Tan alto como pueden ser 4.000 y pico metros sobre el nivel del mar.

Cruzamos la frontera chilena y, tras 80 kilómetros surcando el desierto por tierra de nadie, llegamos al control de aduanas del país vecino. Allí nos esperaban los jeeps con los que cruzaríamos el desierto durante los dos días siguientes, además de un triste y solitario funcionario que nos selló los pasaportes y nos dio la bienvenida a Bolivia y al altiplano andino.

Uno de los jeeps con uno de sus intrépidos pasajeros (parece que posa, pero no, siempre se coloca así al salir del vehículo por si a alguien se le ocurre retratarle. La diferencia es sutil):

Tras media hora de conducción entramos en la Reserva Nacional de Fauna Eduardo Avaroa. Aunque fauna vimos poca: apenas un par de zorros, unas cuantas vicuñas y una bandada de flamencos despistados que se habían retrasado en su migración hacia tierras más cálidas. Sin embargo, los paisajes que visitamos estos días fueron, sin lugar a dudas, los más impresionantes desde que iniciamos nuestro viaje allá por octubre del año pasado.

Para empezar, el brillante cielo. No sabemos si es a causa de la altura, de la la total ausencia de contaminación o de una mezcla de ambas, pero allí tiene siempre un intenso color azul difícil de encontrar en otras partes del mundo. Súmale a eso el contraste con las blanquísimas nubes y obtendrás un marco perfecto para el increíble cuadro de colores imposibles y relieves de película de ciencia ficción que es el paisaje altiplánico.

Por no hablar de las montañas, cordilleras y volcanes que se alzan en el horizonte, cubiertos casi todos de nieves perpetuas. Si ya la altura media de la zona ronda los 4.000 metros sobre el nivel del mar, más de una cima supera los 6.000. Poca broma.

¿Y qué decir de las espectaculares lagunas? Tranquilas superficies de agua inmóvil, al modo de espejos gigantes que reflejan el cielo y las montañas. Laguna Verde, Laguna Blanca, Laguna Colorada… Cada una con una tonalidad característica que les da su nombre en función del mineral que predomina en sus aguas (salvo una repleta de azufre, a la que llaman “Laguna Hedionda”):

En una zona sísmica como ésta, tampoco faltan los géiseres y las aguas termales (aquí no fuimos tan nenazas como en Atacama y nos dimos un baño):

Y para completar los paisajes de impresión, no podemos olvidarnos de que gran parte del tiempo lo pasamos atravesando enormes extensiones de desierto arenoso (aunque solíamos aprovecharlas para echar una cabezada entre duna y duna, que viajar cansa mucho).

Si nos limitásemos a valorar únicamente las maravillas naturales y el paisaje, el viaje habría sido inmejorable. Incluso teniendo en cuenta que hacía un frío glacial y que nos alojaron en un refugio al que llamaban “básico” con razón. Nada que no se solucione tomando prestadas las mantas de las camas de las habitaciones vecinas (hasta 7 mantas podían contarse encima de Álvaro: la primera vez en la vida que hizo ejercicio mientras dormía, del peso que tenía que levantar para moverse).

Tampoco nos importó demasiado tener que lidiar con el mal de altura. Con la falta de oxígeno, las tareas sencillas (como transportar la mochila del coche a la habitación o llevar el tenedor del plato a tu boca) se convierten en hercúleas pruebas de resistencia y valor. Por no mencionar el dolor de cabeza de las alturas altiplánicas, sólo equiparable al de una buena resaca post noche de copas a base de anís del mono, absenta y vino don Simón. Pero bueno, un par de chutes de ibuprofeno y asunto arreglado.

No señores, no. Si algo falló en este viaje fue el factor humano. Ojo, que no hablamos de nuestros compañeros de expedición: 3 israelíes muy majetes y 2 chilenas silenciosas:

Ya nos advirtieron en San Pedro de Atacama de que los chóferes bolivianos eran unos borrachuzos. No le dimos demasiada importancia y lo atribuimos a las típicas habladurías y rencillas entre habitantes de ciudades fronterizas. Pero es que aún no conocíamos a Roberto; o Sobber, como se hacía llamar                (no deja de ser irónico que “sobber” en inglés signifique sobrio…)

El primer día todo normal. Un tipo correcto y formal, incluso demasiado callado. El problema fue el segundo día cuando, tras desayunar y estando a punto de subirnos a los jeeps para continuar ruta, aparece el personaje con los ojos enrojecidos y el pelo apelmazado  por el sudor mostrando orgulloso dos botellas de pisco vacías. –Mi desayuno– proclamó el tipo orgulloso, riéndose como un imbécil.

Nos quedamos flipando. Era evidente que estaba cocido como un piojo. El otro conductor decidió lavarse las manos y se desentendió del asunto. Tras hacer un análisis rápido de la situación -estábamos en medio del desierto y el único modo de salir era con un jeep complicado de conducir-, decidimos intentar convencer al infame individuo de que uno de los israelíes condujera (un chaval de 22 años recién salido del servicio militar en Israel y con experiencia en el manejo de vehículos pesados por terrenos desérticos).

Humillado, el conductor aceptó a regañadientes y cedió el vehículo al pobre chico durante un rato, durante el que no paró de pegar gritos y de insultar a todo el mundo. – ¡Pero mete quinta carajo! ¡Más rápido! ¡Manejas muy mal! ¡Vas a pagar tú la gasolina!- El israelí no entendía una sola palabra, sólo sabía que tenía a un individuo al lado que no paraba de gritarle y que olía muy mal.

Después de un par de horas, paramos a hacer una visita de unas rocas espectaculares en medio del desierto. El anormal de Sobber se sacó una birra como aperitivo y se plantó en el asiento del conductor, amenazando con dejarnos allí tirados si no conducía él.

Parecía razonablemente sereno y la  única alternativa a su propuesta hubiera sido  lincharle y meterle en el maletero a la fuerza (medida que consideramos seriamente). Así, teniendo en cuenta que en el desierto no hay muchos obstáculos con los que chocarse, que no íbamos a pasar de los 40 km/h y que con el tiempo la cosa iría a menos, decidimos dejarle conducir y que no diese la vara.

En ese tiempo no paró de balbucear estupideces y de pasar de la euforia al cabreo a cada rato. El caso es que acabamos llegando a un pueblo minero donde se encontró con un amigo al que decidió meter en el coche. En contra de lo que habíamos pensado, su grado de intoxicación no remitía, así que le “sugerimos” que al menos dejase conducir a su amigo. Sorprendentemente el tipo accedió y se acomodó en el asiento del copiloto.

Cuando por fin llegamos a Uyuni, el estado del tipejo era tan lamentable que verlo daba una mezcla de pena y asco. Se había quedado dormido y al despertarle apenas podía articular palabra para, acto seguido, volverse a dormir. Así quedó retratada su entrada triunfal en el pueblo:

Cuando por fin llegamos a la agencia, no hubo que explicar nada a los responsables. Con sólo mostrarles al chófer fue suficiente. Nos devolvieron el dinero y nos aseguraron que Sobber no volvería a trabajar allí. El tipo merece estar en la cárcel y pensamos en denunciarle. Pero bueno, digamos que, como en tantos otros países sudamericanos, la policía aquí puede suponer más un problema que una solución…

En cualquier caso, no podemos dejar que una mala experiencia con un desgraciado empañe nuestra opinión sobre el altiplano andino boliviano. Como hemos dicho antes, ha sido probablemente el lugar más increíble que hemos visitado hasta ahora. Nadie que venga a Bolivia se lo puede perder. Sólo basta con elegir con más cuidado con quién contratas el transporte (si tu chófer se presenta como Sobber el sobrio, desconfía…).

Próximamente, gigantes y liliputienses en el Salar de Uyuni.

Publicado 27 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Bolivia

Sweet home Atacama (6-8/05/2011)   8 comments

20 horas de autobús dirección norte, en línea recta por la carretera Panamericana: 30 euros.

Cena a base de perrito caliente cutre salchichero en estación de servicio perdida de la mano de Dios: 1,5 euros.

Mear en letrina apestosa de la misma estación de servicio: 0,2 euros.

Despertarse en el bus al amanecer y contemplar la inmensidad del desierto más árido del mundo frente a ti… no tiene precio.

Se nos acaban los recursos literarios y ya tiramos de frases hechas inventadas por los publicistas de Mastercard. Disculpad. Aunque en este caso nos venían al pelo.

Nuestra última escala en Chile fue el desierto de Atacama. Cierta profesora de geografía del colegio (hola Loli) nos enseñó hace ya muchos años que se trata del lugar más árido del mundo. Correcto. También nos contó (lo dice Rafa, Álvaro afirma no acordarse) que allí los coches no tienen limpiaparabrisas porque no hay lluvia que limpiar. Rotundamente falso. ¿O es que acaso cada fábrica de coches tiene una línea especial de producción para los 4 mataos que viven por esta zona del mundo? Pues no, lógicamente. Pobre Rafa, que ha vivido tanto tiempo engañado…

En un paisaje tan inhóspito como éste sólo pueden sobrevivir los cactus y algún que otro matojo reseco del que se alimentan las llamas, los camellos rastafaris del altiplano andino.

San Pedro de Atacama no tiene demasiado encanto. Con el tiempo se ha ido convirtiendo en un pueblo sin alma totalmente orientado al turismo, en el que  puedes encontrar desde los locutorios más caros de todo Chile hasta comida italiana del montón. Eso sí, está situado en un enclave privilegiado, rodeado de volcanes activos de 6.000 metros de altura y de imponentes cordilleras de sal.

Como la oferta hotelera y gastronómica de la zona es prácticamente inexistente fuera de San Pedro (y la que hay, se escapa de nuestro exiguo y castigado presupuesto), montamos allí nuestro campamento base y nos dedicamos a explorar los alrededores contratando con una de las 400 agencias que había en el pueblo. La que nos hizo mejor precio, claro. Con el tiempo acabaríamos arrepintiéndonos de nuestra tacañez, aunque de eso os hablaremos en el siguiente post…

Una de las excursiones, quizás la más espectacular que hicimos en Chile, nos llevó a los géiseres del Tatio. Estos chorros de agua caliente y vapor se caracterizan por su naturaleza crápula y por su moral dudosa, ya que sólo salen de noche y alcanzan su apogeo al amanecer, como si se estuviesen yendo de after los muy desfasados. Y eso 7 días a la semana, 365 días al año. A saber qué se toman para aguantar ese tute… Las malas lenguas hablan de azufre y cianuro, no os digo más.

Mirad éste, por ejemplo, que parece que va a explotar:

Como os hemos comentado, los géiseres duermen de día, sólo salen de noche y alcanzan su plenitud al amanecer, lo que nos parecería estupendo si para visitarlos no tuviese uno que despertarse a las 3 y media de la madrugada. Y no tanto por las horas intempestivas, sino por el frío polar que hace en ese momento a 4.300 metros de altura en el p**o desierto.

Aquí hacemos un breve inciso para hablaros de nuestro equipaje. Al meter cosas en la mochila, uno tiende a dejarse llevar por la emoción del momento y a pensar únicamente en lo necesario para las playas de Tailandia y Brasil, para las urbes indias o para las selvas de Camboya. A saber: crema para el sol, chanclas, bermudas, camisetas, tangas de leopardo… Esas cosas. Como mucho, metes un suéter por si refresca (frase de abuela total), un cortavientos para ¿cortar el viento? y unas botas de montaña por si te da por echarte al monte como un vulgar maqui.

Pues bien, advertidos del frío que podía llegar a hacer, recurrimos a la táctica de la cebolla. A saber: ponerse capas y capas de ropa hasta que no te puedes ni mover. 2 pares de pantalones, 2 de calcetines, el pijama, 2 camisetas, 1 camiseta térmica, 2 sudaderas, 1 jersey y el “cortavientos”. Con eso, unas manoplas y un gorro que nos agenciamos, pensábamos que estaríamos a salvo del frío. Nada más lejos de la realidad. Una vez llegamos a los géiseres a las 6 de la mañana, nos dieron de desayunar y os puedo asegurar que en lo único que pensábamos era en echarnos el café hirviendo dentro del segundo par de pantalones.

A continuación, una muestra del “encebolle” después de haber amanecido (no tenemos fotos cuando aún era de noche porque es complicado hacer fotos con las manos dentro de, 1º, unas manoplas y, 2º, los bolsillos):

Fernando es un tipo duro y entre los muchos trucos de supervivencia contra el frío que conoce está el de saltar por encima de chorros de vapor a presión. Efectivo pero arriesgado. Que se lo pregunten a los mejillones al vapor:

Al final le acabamos cogiendo el gustillo a eso de cruzar chorros de vapor.

Poco a poco, el sol acabó por salir y la temperatura fue haciéndose más soportable, así que aprovechamos para hacer muchas fotitos de los géiseres y de nosotros posando con ellos.

Hubo gente que incluso se atrevió a darse un baño en unas aguas termales que había por ahí. Nosotros no fuimos de esos insensatos valientes. No por frío en sí, no, sino más bien por miedo a que el efecto del frío pudiese hacer dudar de nuestra virilidad en algún posible descuido indiscreto.

Así que nosotros seguimos a lo nuestro, retratando a los géiseres y a nosotros mismos caminando felizmente entre ellos hasta que se retiraron a las entrañas de la tierra a dormirla.

Próximamente, surcando Bolivia en 4×4 (16).

Publicado 17 mayo, 2011 por encualquierotraparte en Chile

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